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-Mam 4- -respondió por fin. m u y drspaeio, como si hablase en sueños: ¿y el tic Alejandro, no v i e n e nuoea? r sí í i) La madre se estremeció. El recuerdo del h e r m a n o que estaba en ia goerra con s a regimiento ía asaltaba t a m b i é n á Kosario muchas v e c s en mpdio dé su ventura doméstica, y se la envenoaüba ccn el temor de q u e ií la misma hora en q u e ella descansaba e n t r e limpias sábanas, carca d) u n o s b r í z j s a m a n t e s pudiese Alej a n d r o yacer cara al sol, con el pecho taladrado y las pupilas v i d r i a d a s p a r a siempre. ¿No viene n u n c a tío Alejandro, mamá? -repitió el ¿Meo con ese acento infantil que anuncia llanto. -Vendrá si Dios quiere, hijo mío, -respondió la m s dre con rota voz, apretando contra el seno á la criatura. Cuándo vendrá? Papá, ¿cuándo? ¿Yendrá esta semana, di? -No sé, querido, -exclamó el padre. A ver, la cartilla. Que es tarde, m. uñeeo. ¿Pero cuándo? p a p á ¿Por q u é n o lo sabes tú? -P o r q u e hasta que se acabe la guerra, m i cielo hasta que se acabe, tío Aleiandro n o puede venir. Los ojos de t u r q u e s a del n i ñ o se obscurecieron á fuerza de concentración y de heroico trabajo para entender. ¿Cómo es l a guerra? -f xelamó por ú l t i m o -Pelear u n o s c o n t r a otros, A ver quién gana. ¿Los buenos con los malos, papá? -Si- los buenos con los malos. -T Í O Alejandro es bueno- -declaró Ai ¿T cómo pelean? -Con fusiles, con espadas, con cañones. El niño batió palmas. -Me has de llevar, papá. Me h a s de lleva- ¡Pobretin! -suspiró Carlos. -La guerra es para chiquillos. ¿Es para hombres grandes? -S -Y entonces, ¿por qué no estás t ú en la guerra? T ú eres g r a n d e grande. -Porque n o soy militar- -dijo el padre contrariado, algo mortificado, como si aquellas palabras uo Iss hubiese articulado u n a l e n g a a de seis años, y hablando para eoaveneer- -Tío Alejandro es militar; ya sabes quo vino á enseñarte el uniform Los militares estudian para eso, para defender á la patria. -La patria- -repitió el niño, impresionado por el tono enfático y grave con q u e Carlos pronunció la palabra. La patria ¿es aquí? -Aquí ¿dónde? -En nuestra casita. -No es decir, sí Nug tra casa está en la p a t r i a pero la patria es mucho más son todas las casas q u e ves en el pueblo y en otros pueblos, ¡tantos, tantos! Y es además la tierra, y los bosques, y ias aldeas, y Madrid, y todo- ¿Y la? iglesias también? -marmuró Ángel con el tono con q u e decia sus oraciones ai acostarse. -También. Y la Virgen? ¿Mamá del cielo? -También la Virgen; si, mamá del cielo es la patria. ¿Y tío Alejandro quiere á la patria? -Ya ves- -interrumpió Rosario sin ocultar l a emoción que empañaba sus ojos. -El t obre tío l a quiere m u c h o Uomo q u e se expone á q u e le den u n tiro y á morirse así, de pronto. Y a ves tnú Haza, hijo mío, reza, para q u e n o DiBiíJOP s L KT! TI m a t e n al tío. -í. -t. El n i ñ o calló, reflexionando laboriosa, casi dolorosamente. ¿Y los que no van á l a guerra n o mueren nunca? -preguntó a l fin, siguiendo el hilo de su temprana lógica. -T a m b i é n mueren. -Entonces quiero ir á Ja guerra cuando sea g r a n d e- -declaró con e n e r g í a el pequcñuelo. -T quiero q u e t ú vayas, papá. A l fin hemosde morir, ¿no? P u e s morir por eso por eso P o r m a m á del cielo, ¡por la patria! U n silencio siguió á las palabras del niño. LL padtr 0 ijiiíaliau. rm r Si- mudos, penetrados de u n respeto extraño, como si la voz del inocente viniese de otras regiones, de más arriba. Y al cabo de unos instantes, Carlos dijo á su mujer: -A cuéstale. Son las diez largas. ¿Y la lección de Catecismo? -Hoy y a la ha dado, -respondió el padre besando á Ángel con ardor sobre el nacimiento de la r u b i a melena. EMILIA PARDO BAZAÍN