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sirviendo como bestias de transporte, y de íasouas á Ramos se visten, en señal de gala, con gualdrapas de lujo y empingorotados cabezales. V Si no hubiera sido por el trotar de aquellas jacas incansables que arrastrando los cochecillos da paseo nos llevaban de un lado para otro de Jas grandes llanuras aranjueoeñas, Vd, al pantano de Ontígola, ya á la presa del Tajo, ya á a hermosa plazoleta rlonde desembocan las doce calles ó á la misera aldea de Alpagés, origea y cuna del Aranjuez modprno, todavía andariamos aspeados por los alrededores de la villa ó cobraríamos fuerzas al pie. de una de aquellas acacias sonantes como una collera por el alfgra p ar de innumerables ruis- ñores. Pero metidos en el carruaie y sia m í s m. o estia que fcl traqueteo coBsigaieníe á un coche de dos ruadas, en un vorbo nos encontrábamos á, una legaa de la ciudad, sin que nos hiriera ei sol, interceptado por el ramaje de la inacabable arboleda, y pisando siempre los ruedos de sombra vacilantes y agujereados que los copudos árboles del cansino arrojaban ante nuestros pies. -Pero ¿dónde tienen ustedes esos espárragos? preguntábamos, ansiando ver un campo sembrado de ellos. -Allá, un poco mas allá. Ya Veíamos clara y distinta toda la estirada mole EN EL JARDÍN DE LA ISLA del puente Largo cuando descendimos de los coches, y caminando por los surcos de un campo de trigo raquítico y desmedrado por la sequía, llegamos al esparragal, objeto de nuestra excursión. Sábana inmensa de terreno, que parece baldío y recién arado, constituye un esparragal en explotación. Es preciso acercarse mucho para distinguir sobre el Jomo elevado de los camellones la morada cabeza de la planta, cubierta de tierra en toda su altura. Varios hombres, armados de cuchillos largos y con punta de sierra, cortaban á tiento los espárragos por su base, de un modo tan sencillo para ellos como difícil para nosotros, que empuñábamos por primera vez el instrumento esparraguicidn. Uada obrero formaba un montón con los tallos recogidos; los montones pisaban luego á una casuca, donde se verificaba el apartado. Los mazos, pulidos, arreglados, ijían aquella noche á la estación LOS GUARDAS DEL PATRIMONIO SON HOMBRES DE MOCHA CORREA del ferrojarril, y al día siguiente el pobre espárrago que creció enterrado en vida moriría decapitado á puras dentelladas de los hombres. Volvimos á montar en los coches, dejando atrás la gris y pelada llanura dsl esparragal, y nos dirigítiios á un campo de fresa, antes adivinado por el olfato que percibido con los ojos. La menuda plante, cuyas hojas de un verde claro y amarillento apenas levantaban de la tierra, nos ocultaba el fruto como cosa vedsda. Sólo recorriendo los surcos y mirando de cerca veíamos los rojos botoncillos ccullándoEe furtivamente con ese instinto de conservación que tienen también los vegetales. Pero si semejante precaución bastaba pata burlar en parte nuestra curiosidad, no alcanzaba á evitar el h- ibilidoso manejo de las freseras, que sosteniendo la cestilla en la mano izquierda, llenábanla en un santiamén, arrancando coa la derecha grano á grano todos los maduros que ocultaban las hojas. En la penosa recolección invierten las freseras todo el día, hasta que á última hora de la tarde, de la planta á la cestilla y de la cestilla á la excusa la fresa de Aranjuez espera en los muelles de la estación el viaje preliminar á su consumo. Hoy, al recordar las bellezas del Real Sitio y la cariñosa hospitalidad dei alcalde, del amigo Simancas, de todos aquellos amables amigos, podemos asegurar que también á nosotros, como á las fresas y á los espárragos, nos arrancaron á viva fuerza de la fecunda, feraz y hermosísima campiña de Aranjuez. t LDIS ROYO VILLANOVA Dibujos de Simancas, aricaturas de Cilla y fototipias- Uauf f. r y Menet. A ORTT, T, ÍS T) V. T, OAS (AOTÍQTTTA. T) E RTKGO)