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esas ciudades á la moderna, con extensos boul uards y dilatadas avenidas; un cortesano podría asegurar que todos los edificios del pueblo, perfilados, correctos y de punta en blanco, desfilan en columnas de honor por delante del palacio de los reyes. Frente á las Casas Consistoriales se levanta un amplio pedestal que ba de sostener la estatua ecuestre de ü Alfonso XII, como eterno recuerdo de gratitud á aquella simpática escapatoria que hiciera el monarca un día del verano de 1885 para visitar á los coléricos del Real Sitio. E n medio de la plaza levántase también el mercado nuevo, que daría envidia á muchas capitales de primer orden. En compañía del alcalde, bajo cuyos auspicios se ha llevado á cabo tan importante obi- a para la higiene de Aranjuez, recorrimos las naves del mercado, donde abundan, como es natural, los dos productos típicos del país. En grandes banastas se ven EL MOTÍN D E A R A N J U E Z montones de espárragos morados y verdes, con el jugoso tronco mojado por la tierra húmeda, aguardando la limpieza, la clasificación y el manojeo; la toilette, en fin, de todo espárrago fino y presentable. Las excusas de mimbres, de todas formas y tamaños, abrían sus valvas, dejando ver grandes cantidades de fresa con un rojo que encanta la vista y un aroma que embriaga el olfato. En la plaza de Abastos una fuente de mal gusto, pero artística al fin, congrega en su torno á las criadasCuatro delfines, con las colas por alto hechas una trenza, arrojan el agua por sus cuatro bocas, donde la criada aplica una caña para llenar los cántaros; porque son cuatro los que lleva cada una, conduciéndolos en una carretilla muy ancha, como cumple á las dimensiones qu 3 todo tiene en Aranjuez. Sabia y previsora costumbre i j s L FALAGIO BEAL que alabo en aquellas maritornes, porque claro es que si el cántaro con tanto ir á la fuente acaba por romperse al fin, malo sería que llevando cuatro no pudieran volver á casa con alguno entero. No habiendo guarnición en Aranjuez, os extraña el sonido de las cornetas tosando retreta, llamada ó silencio. Bien pronto, y acudiendo instintivamente hacia donde suena el clarín, veis que se trata del Colegio de Huérfanos de María Cristina, una délas más modernas y de las más simpáticas instituciones de nuestro Kjército. Si el espectáoulo de la juventud bulliciosa y contenta fué sie- npre cosa, agradable, es sugestiva é interesante