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Se puede, pues, h tular d. ul Hotel da Ivs J) nqucs en la seguridad de quo cuantu sobre este asunto se escriua no se podrá aplicar á loa que autes ó después hayan ido á residir en las mismas casas. Aquella profusión de autiguos retratos de familia, en que se destaciu con sus trajes de época las marquesas (lo Eipeja, y de Tabaloso, y aquel otro lienzo de la emperatriz Josefina, eaviado desde Paiís p o r u ñ a descendiente de la bella infortunada tsposa de Napoleón I, por la actual duquesa viuda de Valencia; y dominándolos á todos con la m. agia de su hermosura iacomparable, la gran obra de Federico Madrazo, el retrato de cuerpo entero de la última marquesa de E- peJB, cuya ideal cahrza se destaca del obscuro fondo del lienzo, no obstante el negro mate de sng cabellos, porgue el pintor ha tenido la genia ilad de adornarla C n plumas de colibrí, que SALO l lí ÜAILK la envu lv n en una est. ocie da nureoia; aquellas vitrinas en que hay ricas joyas Jo í luiilia y objetos arqueológicos de gi- au mói- itr to lo recuerda en IA morada de los Duques grandezas heredadaP. Siguiendo la máxima que señaluba recien teme J e á la udbleza uu notable escritor heráldico, el duque de Valencia, si vela por el prestigio de bus timbres ilustres, tiene siempre la vista puesta en los modornos adelautos, como lo revela en todas las fiestas con que frocuentemento obsequia á la socieda I madrileña. El noble matrimonio reparte sus invitaciones no sólo entre sus liufcjudos arais: o8, sino entre los artistas y los literatof? Allí han dejado oir notas melodiosns casi todüs las emineacias murioales qae han pas do por Madrid; allí han recitado versos los vates más ilustras; allí han representado escenas y monólogos la Valverde y Rose l, la Guerrero y Mario, y aún se recuerda cierta famosísima velada en que Teoiora Lamadrid, Ja insigne artista, conquistó sus últimos aplausos; allí, en fin, se han dado A ci nocer recientemente los más aventajados alumnos del Conservatorio, que con los aplausos de la sociedad recibic- roa alientos para llagar al término de su ardua y gloriosa carrera. Todos estos elementos, combinados con gran arte por el duque de Valencia, dan á sus fiestas el privilegio de la ameDidid, y S. A. la iafanta doña. Isabel, que es también (como los lectores no iga raa) decidida protectora