Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
Estableciéronse en el pneblo, y asi que empezaron á oaardeeerae las luohis civiles, Lui María hizo especial estudio e j abstraerse y apartarse de ellas. Terror y repulsión le causaban las esceaas da crueldad, los apaleamientos de cristinos y dejaidosos, las capias desvergonzadas é insultantes que de zaguán á zaguán se disparaban las muchachas de opuestos bandos, las noticias de eucueatros ea que perecían tantos infelices, los degüallos do religiosos que habían ensangrentado las gradas del altar mismo. S s a i a el párroco que n i a u n por espíritu de clase podía vencer su espanto; que había salido á su madre, tímido, manso, indiferente en política, accesible sólo á la p i e l a d y á la ternura; gallego, no aragonés; cristiano, paro no carlista. Bienaventurados los pacíficos solía repetir tristemente cuando oía alguna noticia horrenda, el de u n a villa, el sacrificio de unos prisioneros arcabuceados en represalias. Es peculiar de estas épocas agita las y íebriles que nadie, por más que lo desee, paeda mantenerse n e u t r a l En el pneblo, q u j era de los más divididos y engrescados de to lo Ar g n, no se le consentía al cura s o tener opiniones. Dos circnnstancias hicieron que la voz pública afiliase á Luis Marta entre los adictos al P r e t í n d i e n t e la primera, que cumplía con fervor sus dabere- lue era oasbo, mortififiado, prudente en palabras y pacato en obras; la seganda, el ser p r o t a g i i o ahijado, capellán, hechura en fin da aquel D. R i m ó u de B) lea, a o t a ñ o el principal señorón del pneblo, hoy i efe de una partida fa joiosa. La geuta aragonesa, ruda y lógica, que identifica el agradecimiento con la adhesión, contó, pues, á Iniit María entre los serviles, pero no entre los declarados y francos, sino entre los solapados y vergonzantes, mil veces más abjrreeido Y por los machos cristinos de pelo ea p 3 cho que el paeblo nlhargaba, el cura fué mal mirado, y se le atribuyeron inteligencias ocultas y confidencias y delaciones hechas á D Kamón Bjlea, cuya tropa rondaba á pocas leguas de allí, deseosa de a, iustar cuentas á los ñadónales. Luis María sintió la hostilidad en l a atmósfera, y se encogió y retrajo cada vez más, pues era de los que no combaten n i en leifitima defensa. Su ardor místico, ya intenso, se aorecen! tó, y cuanto más devoto y macilento le veían sus enemigos, más le creían entregado á conspirar para el triunfo del absolutismo. E l odio del pueblo empezaba á traducirse en hechos: cada vez que la madre del párroco salía á la compra, era denostada y llamada facciosa á voz en grito por las baturras, y delante de sus ventanas se situaban grupos vociferando canciones patrióticas. U n a tarde de día de fiesta, al volver los mozos rasgueando Ja g u i t a r r a y echando coplas con alusiones que levantaban ampolla, mano atrevida disparó u n a piedra que fué á estrellar u n vidrio de la rectoral. La madre lloró silenciosamente al cerrar las maderas, mientras Luis María, arrodillado ante la imagen de Nuestra Señora, rezaba sin volver la cabeza, sordo al cíioque de los cantos rodados que seguían haciendo añicos los cristales. Pocos días después difundióse por el pueblo la tremenda noticia ds que Bolea había cogido á dos vaeinos, nacionales exaltados y reos de apaleamiento de serviles, y los había arcabuceado contra u n a tapia; y al regresar del mercado, la madre del cura oyó á su paso, no ya injurias, pullas y cantaletas, sino amenazas siniestras, anuncios que daban frío en el tuétano. Temblando se encerró en su casa la infeliz- -y encontró á Luis María en oración, pidiendo á Dios que perdonase á su protector Bolea la sangre derramada. Cenaron madre é hijo, pálidos y mudos, y cuando se disponían á aoo tarse, resonó en la calle gran estrépito y fuertes aldabonazos en Ja puerta. Corrió la madre á preguntar, sin atreverse á abrir, qué se ofrecía, y u n a voz bronca y motiadora respondió: -Que se asome el cura, y le diremos el nombre de u n feligrés que está acabando y pide confesión. Oír esto Luis María, y lanzarse á la ventana, fué todo uno; pero su madre, acaso por primera vez en la vida, se interpuso resuelta, le paró agarrándole de la muñeca con inusitado vigor, con toda su fuerza aldeana, centuplicada por la angustia, y desviándole bruscamente se apoderó dé la falleba. -Tú no te asomes- -ordenó en voz imperiosa, u n a voz diferente de la mansa y acariciadora voz con q m siempre hablaba á su hijo- -Apártate quicaday... ilo asomo yo, no to apures. Y antes que Luis María pudiera oponerse, apagando de u n soplo d velón para no ser reconocida, abrió la ventana con ímpetu, sacó el busto fuera El bárbaro que ya tenía apuntada la escopeta disparó, y l a madre, con el peono atravesado, se desplomó hacia dentro en brazos del hijo por quien aceptaba la muerte. xfl- V EMILIA P A R D O BAZAN D I B U J O S DT: M É N D E Z BRIÍÍGA