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EN LA PKADEEA BAJA creados por la nueva necesidad de los tiempos, la romería de San Isidro estaría hoy t a l como la pintó G- oya. Por entonces, todas las pieardihuelas del pequeño comercio en días de g r a n despacho como los presentes consistían en echar harina al azúcar y a g u a al vino, y otros inofensivos auxiliares á las demás especies de consumo. Hoy, en los merenderos y puestos de San Isidro pueden darse carsos enteros de química industrial. ¡Y dirán que el Santo n o es milagroso! ¿Qaó, si no su santa vigilancia, convierte en comestibles y bebestibles los artículos que 86 venden en la pradera? L a crónica triste debería arrojar todos los años buen n ú m e r o de muertes por envenenamiento, indigestión ü otros trastornos gástricos. Nada de esto ocurre gracias á San Isidro, y únicamente alguna que otra puñalada viene á ser la nota de color en esta fiesta cívicoJ religiosa- campestre. L a vista general de la pradera nada ofrece de sugestivo n i agradable con los chillones colorines de las garitas y de los merenderos peor que improvisados, y esta fea impresión es mucho más fuerte cuando comparamos la romería del Santo con cualquiera de las tí ferias y espectáculos populares que solemos ver en provincias, ya con la espléndida vegetación andaluza, y a en todas las comarcas con el atractivo especial de- ii fc los trajes y productos de cada región. P a l t a en ella también, y esta falta es lógica, porque no de u n a feria sino de u n a romería se t r a t a el hermoso espectáculo del g a n a d o de todas ciases rebullendo en sus a p a r t a dos y corralizas. HÉRCULES DE FEKIA Todas las diversiones y espectáculos baratos m a n dados r e t i r a r hasta de las aldeas, tienen en la pradera del Santo su pobre asiento. Hércules de feria, cosmoramas á tambor batiente, la mujer gorda y la famosa Karaba de Jove del chascarrillo andaluz, hacen las delicias del isidr- o, siem. pre que éste sea t a n sen culote y contentadizo como nos le pintan la prensa cómica y las revistas teatrales. Y contrasta el pobre espectáculo q u e los cerros de San Isidro ofrecen vistos desde Madrid, con el hermoso panorama que Madrid presenta visto precisamente desde los cerros de San Isidro. E n primer t é r m i n o el Palacio Real, cuyos ventanales y cornisas parece que blanquea y afina la distancia; más á la derecha, la cúpula de San Francisco el G- rande alzándose sobre los tejados del barrio; de allí p a r a atrás, todo el conjunto inmenso de azoteas, tejados, torrecillas y chimeneas, que parece inacabable porque r e a l m e n t e no se S á I S í ve su fin. Contemplando asi á Madrid en lo alto, parece la pradera inmensa sartén de donde sale, en efecto, espeso vaho de aceite frito, y hasta el chirrido del aceite hirviente imitado por los pitos y los organillos de manubrio. MAr S LUIS ROYO VILLANOVAFutoorofias de M. Franzen y Uibujos de Mecachis. EESIOS DB LA EOMEHIA