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POETAS DE LOS CANTARES SALVADOR GONZÁLEZ ANAYA ¡Madre, no puedo olvidarla, porque cuanto más la olvido, más se me clava en el alma! Te vi una vez, y en el alma sentí del amor el fuego; y es que brillan en tus ojos los gérmenes de un incendio. Entre los cabellos flores no te pongas; ¡mira t ú que las flores contigo son las que se adornan! Porque no viene tu novio, serrana, no tengas penas, que es más dulce la venida cuanto más lárgala ausencia. Como las flores marchitas piden á las nubes agua, así te pido hace tiempo el favor de una mirada. ¡De aquel corazón valiente, de aquel corazón de fuego, no guardo más que un pedazo dentro de un fanal de hielo! El amor de esa muchacha es como un reloj de arena, que para darle la vida basta con darle la vuelta. ¡Luz! dijo un sabio almorir; ¡mucha luz! que si no, muero. T murió por no haber visto la luz de t u s ojos negros. La musa de mis cantares lleva la noche en el alma; ¡por eso Uoran de pena las cuerdas de mi guitarra! Es el amor, dueño mió, dulce cadena de flores, pero tan sutil, que á veces una mirada la rompe. Dam. e de tu pelo rubio una brillante madeja, y así tendrá mi guitarra cabellos de oro por cuerdas. El día que tú me mates, que no me den sepultura, que entre tus brazos, serrana, tengo labrada mi tumba. Deja, amor, que el canto mío lo lleve el viento en sus ondas, que lo sientan muchas almas y lo canten muchas bocas. Si sientes nieve en el alma, mírate el alma un momento, verás licuarse la nieve con tus pupilas de faego. Se me ha roto la guitarra de tanto cantar mis penas; si quieres que siga el canto, ayúdame á componerla. SALVADOR GONZÁLEZ ANAYA DIBUJO DE P B D B B I C O