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PEDRO EL COCHERO I Debo advertir que se trata de u n grave secreto de familia; no feré yo quien lo transforme de sospecha brumosa é incierta, a u n q u e casi por malicias comprendida, á manifiesta declaración, como denuncia fiscal ó desenfadada imprudencia de correvedile de gaceta pública. P o r lo dudable y fabuloso que hay en el pasado de toda familia encumbrada, entro los recuerdos de leyendas nobles, hechos gloriosos y culpas y desastrosos sucesos, tenía Ja casa de los condes de Malvares el anteee lente de que Elvira, la madre del conde, había estado u n tiempo privada de juicio según gente piadosa, y sobrada de afanes gustosos según las gentes malignas. Hubo divorcio, el conde separóse de su esposa, y por último decíase que apenado y colérico murió en el extranjero. N o podemos pasar de tales manifestaciones. Fermín, el hijo de los condes, siendo m u y niño aún, vivió en extraña condición, que pudiera calificarse de abandono relativo; apenas si tenía u n débil recuerdo de su padre; su madre le rodeaba de regalos y complacencias, pero entregada á vida ostentosa y elegante, cuidábase poco del n i ñ o La braveza, de u n carácter no sometido á celosa crianza se manifestaba en el chicuelo, colérico y caprichoso; en sus gustos revelaba su m a n e r a de ser. No tenía sufrimiento, no había hecho atención detenida en cosa alguna. Las correrías por el campo, la afición á los perros y á los caballos constituían sus únicas aficiones; ni aun tenía afecto á Pedro el cochero. Pedro era el esclavo del señorito. -Eres grande como u n gigante, Pedro, pero puedo contigo. ¿No ha de poder el señorito conmigo? decía el mooetón sonriéndose y mirando con delicia aquel travieso muñeco de rubios cabellos, fino de rostro como la condesa, pero recio, firme, robusto, como ni ella ni el conde lo habían sido. Alto, gallardo, con sanos colores en las mejillas, os rasgados, de mirar vigoroso é inocente, cuer 1 o robusto, Pedro era hombre que conservando el specto apacible del campesino y la varonil expresión del soldado, no tenía de la servidumbre sino el carácter de digna sumisión y bien dispuesta dibgeucia. Kl era el maestro de equitación de Fermín; él limpiaba las armas de fuego; él, en cierta ocasión, se lanzó al agua á salvar al señori to cierto día en que éste, nadando, hubo de alejarse demasiado de la costa en día de baílente marejada. Pedro era u n suizo del pequeño, y fué u n esclavo del mozo. Sufíia agrideces y asperezas del genio inquieto de Fermín. -To, decíale éste cierto día, soy noble ¿sabes? Mis abuelos lueron grandes capitanes Tengo l a m a s pura sangre de la nobleza de España Puedo estar cubierto delante del rey, y con espada al cinto y á caballo puedo entrar en la catedral el día de la Ascensión Si me dijesen que mi título no era legitimo, me pegaría u n tiro. Oyóle con respetuosa atención Pedro, m a s apenas se fué el joven, quedóse Pedro sonriendo con a m a r g u r a y profundamente pensativo lanzó u n hondo suspiro. r V i A ú n recordaba Pedro la noche en que la condesa, que desde algún tiempo había manifestado á Pedro invencible antipatía, le llamó; hallábase moribunda en cama, y con voz agónica dijo al cochero: -Bien lo sabes, Pedro: vive siempre á su lado; y añadió: Nunca, ¿lo entiendes? ¡Nunca! J ú r a m e l o E hizo el j u r a m e n t o y lo r e c o r d a d porque Fermín, que iba á casarse con la lindísima duquesita de Lauzón, que-