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dando alaridos, recogerme, y á mis hermanas que, al descubrir m i cuerpo, se arrancaban el pelo á. tironea, pidiendo por Dios (jue al menos no me clavasen en u n palo para escarmiento de los que roban manzanas. ¡Ay, clavarme no! ¡Serla u n a vergüenza tan grande para m i íamiUa y hasta p a r a la parrociuia! Admirado el señorito de m i aflicción, y creyendo q ue la causaba el triste fin del avechucho, me pasó la mano por el carrillo y me dijo riéndose: ¡Vaya u n inocente! ¡Tanto sentimiento por la raída de la garduña! ¿Tú no sabes q n 6 es un bicho ruin, q ue se merienda á las palomas? ¿Ño viste las plumas de la que se zampó el domingo? De los ladrones no hay que tener compasión. E n vez de q u i t a r m e el susto, estas palabras me lo redoblaron, y sin saber lo que hacía n i lo que decía, m e eché de rodillas y confesé todo m i delito; creo que si no lo hago asi, en seguida, reviento de angustia. El señorito me oyó, se puso serio, m e levantó, me colocó en las manos la escopeta otra vez, y dejando el ave m u e r t a sobre el vallado, m e dijo esto (juraría que lo estoy escuchando aún) -Para que no te olvides de que por el r j b o se va al asesinato y por el asesiaato al garrote anda, aprieta ese gatillo y pégale la segunda perdigonada á la garduña. ¡Sin miedo! Cerré los ojos, moví el dedo, vacié el segundo cañón de la escopeta y caí redondo, pataleando, con u n ataque é, los nervios, que dicen que daba pena mirarme. Estuve malo a l g ú a tiempo; el señorito me pa. gó médico y melioiaas; sané; y cuando fui mozo y acabó de servir al rey, entré en la Guardia civil. EMILIA PARDO DlBaj 8 DE HÜKBTAS BAZAN CHASCARRILLOS MILITARES, POR MELITÓN GONZÁLEZ ¿Por qué no agarras la carabina en la forma que previene la táctica? ¡Otra que rediez! Porque asina no se me cai. ¿Me ha dicho usted que mire si el señor coronel está en su despacho, ó que m i r e si no está?