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¿A quién? -A- la garduña. -Señorito, no. Son cuervos; hay u n bando de ellos. Con efecto, á poca altura pasaban graznando cientos de negros pajarracos, muy alegres y provocativos, porque velan el trigo esparcido en los surcos y sabían que para ellos iba é, ser más de la mitad. ¡Pobres labradores! El señorito me pegó u n pescozón de broma y m e dijo: -Más arriba, tonto, más arriba. Allá en la misma cresta de las nubes se cernía u n puntito obscuro, y reconocí al ave de rapiña, quieta, con las alas estiradas. Poco á poco, sin torcer n i miaja el vuelo, la g a r d u ñ a fué bajando, bajando, y empezó á girar no m c y lejos de donde nos encontrábamos nosotros. -Dame la escopeta- -ordenó el señorito. Obedecí, y él se preparó á disparar; sólo que la t u n a n t a de golpe, como si adivinara, se desvió de la heredad aquella, y cortando el aire lo mismo que u n cuchillo, cátala perdida de vista en menos que se dice. -íTos ha oído la maldita- -exclamó el señorito incomodado. -El jueves, que no traía yo escopeta, estuvo m á s de u n a hora burlándose de mí. Sólo le faltó venir á comer á mi mano. Fija á diez pasos, m u y baja, haciendo la plancha y clavando el ojo en u n sapito que arrastraba la barriga por el surco, hasta que se dejó caer como u n rayo, trincó al sapo entre las uñas y se lo llevó á lo alto de aquel pino que se ve allí. ¡Buena cuenta habrá dado del sapo! T hoy, en cambio, ¡busca! Nos va á embromar la condenada ¡Calla, que vuelve! Volvía, y tanto volvía, que se plantó lo mismo que la primera vez, á plomo sobre nosotros. Sin duda le tenía querencia al sitio, y en la heredad aquella encontraba la mesa puesta siempre. El señorito tuvo tiempo de a p u n t a r con toda -iVwiCsr calma, mientras l a g a t d u ñ a abanicaba con las alas, despacito, avizorando lo que intentaba atrapar. Por fin, cuando le pareció la ocasión buena, el señorito largó el tiro ¡Pruum! A mi me brincaba el corazón, y al ver que el pájaro hacía la torre, dando sus tres vueltas en redondo y abatiéndose al suelo lo mismo que u n a piedra, pegué u n chillido y por nada me caigo también. ¿Qué haces, pasmón, que no portas? me gritó el señorito. Echó á correr, porque ya usted ve que no podía desobedecerle, pero me temblaban las piernas y se me desvanecía la vista. ¿Sabe usted por qué? Por la conciencia negra; porque se me venían á la memoria las manzanas, y me escarabaleaba allá dentro el miedo al castigo. Beoogí la garduña, y al levantarla me acuerdo que me espanté de reparar que estaba y a fría por las patas y el pico. Era u n animal soberbio: medía tres cuartas de punta á p u n t a de las alas; l a pluma, canela claro con unos toqaes caitaños primorosos; el pico, amarillito, y las uñas, retorcidas y i n e r t e s que parecía que a ú n arañaban al tiempo de agarrarlas yo. Le miré á los ojos, porque sabía que estos bichos tienen u n a vista atroz, finísima, como la luz. Los ojos estaban consumidos, deshechos, y alrededor se notaba una humedad á modo como si el animalito soltase lágrimas- Venga aquí esa descarada ladrona- -ordenó el señorito. -La vamos á clavar por las alas para ejemplo. ¿Qué es eso, rapaz? Se me figura que te da lástima la picara. Me eché á llorar como u n t o n t o Usted dirá que no es creíble. P a e s nada, me eché á llorar; pero no por la m u e r t e de la garduña, sino porque me m i r a b a en aquel espejo, y creía que también itaan á pegarme á mí u n tiro con perdigones, y que me espatarraría en el sembrado, con el hocico frío y los ojos vidriados y derretidos casi. Veía á m i madre llegar,