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PENA DE MUERTE CasuaJmonte la víspera- -empezó á contar el sargento de guardias óiviles, apurado el vaso de fresco vino y limpios los bigotes con la doblada servilleta- -habla yo caldo en la tentación ¡cesas de chiquillos! de apropiarme unas manzanas m u y gordas, m u y olorosas, que no eran mías, sino del señorito; como que habían rtadurado en su huerto. Les metí el -iü -V sjt ít: ¿Vil sT r 5 r v ¿í. 5 i j M i diente; estaban tan. en sazón, que me supieron á gloria, y quedé animado á seguir cogiendo con disimulo toda fruta que m e gustase, a u n q u e procediese del cercado ajeno. Cuando el señorito me llamó al otro día, sentí u n escozor. cVsn á salir á relucir las manzanas pensé para mí; pero pronto m e convencí de quo n o se trataba de eso. E l señorito me entregó su escopeta de dos cañones, y m e dijo bondadosamente: Llévala con cuidado. Mira que está cargada. Si te pesa mucho, alternaremos. Le aseguré que podía m u y bien con el arma, y echamos á andar camino de las heredades. E n la más grande, que tenía recientitos los surcos del arado (porque esto sucedía en Noviembre, tiempo de siembra del trigo) se paró el señorito y yo también. Él levantó la cabeza y se puso á registrar el cielo. ¿No ves allí á esa bribona? me preguntó.