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5 5 f- f t i. i r I li I I 1 (me dijo Simón Miró) y no habrá de fijo, no, quien se empape en la lectura ni se abstraiga como yo. Si abro un libro y en él Imndo t i atención, ya no comprendo le hay más que aquéllo en el mu i echo á andar y voy leyendo n descansar un segundo. Duda usted de lo que digo? I ues oiga usted uua cosa. I n tal Cano, que es mi amigo, e dio una vez su preciosa) vela llamada El trigo. Cuando cogí el ejemplar ababa de cerrar la carta para Estella, hacia el correo eché á andar 1 yendo la joya aquélla. Llevaba en la diestra mano i carta, y en la otra el tomo I le me había dado Cano, andando, sin saber cómo, icé: el suelo castellano. En mi abstracción singular, ¡tr andaluces terrenos guí andando sin echar I. carta, ni echar de menos 1 comer ni el descansar. Miré á un lado y á otro ladr iiido era desconocido; til is dije: No habré llegado II correo y sin cnidado uí leyendo abstraído. Pronto á la costa llegué el Estrecho atravesé 1 mirar lo que pisaoa. I i novela continuaba, en Marruecos puse el pie. Me interné con rumbo incierto I T territorio africano. on el libro siempre abierto la cartita en ía mano, llegué al famoso desierto. ir Y A í enconcre en ei areliat un león con calentura. Í? ¡Qué boca más colosal! Yo, sin dejar la lectura, me fijé en el animal, y exclamé al ver al león, dando cuatro zapatetas: ¡Eal Llegó la ocasión. ¡Ya estamos junto al buzón de la calle de Carretas! Por aquel buzón eché la carta sin más ni más. A la fiera incomodé, sus dientes hicieron ¡rasI y allí la mano dejé. A otro le hubiera dolido; pero á mí no, ¡qué bobada! Jfi me di por entendido. Como iba tan distraído leyendo, ¡no sentí nada! Leyendo, como me fui, volví; por aquí pasé, y aquí casualmente vi al amigo Cano, qne al paso me dijo así: Dame la diestra, Simón. i Y yo, sin dejar de andar- leer, dije: ¡Perdón! s ha quedado en el buzón no te la puedo dar. Seguí andando, en mi deseo í terminar la novela, más flaco que un fideo terminé en Orihuela, i b i IL. J i L l i ilK) l- Tanto me llegó á chocar de Simón el caso aquél, que le hube de pregiintar: ¿Y andando cruzó usted el Estrecho de Gibr ltár? Y respondió: -Lo he cruzado á pie, sin ver lo que hacía. ¡Si iría yo ensimismado, que ni humedad he notado durante la travesía! ¿Y la inano? Y a deshechfc. ¿quién sabe dónde hoy se esconde? Yo no; desde agüella fecha confieso qne no sé dónde tengo mi mano derecha. i J U A N P É R E Z ZÚÑIGA