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qtiierdo, y sobre todo con aquellas mejillas de muñeca de porcelana, más parecía ñgarilla de rinconera que no militar llamado i. curtirse en los campos y á. ennegrecerse con el humo de la pólvora. Y sin embargo, ni le faltaba aplomo, ni se daba ma a traza para hacer de persona. La verdad es que si la pelusi 11 a que comenzaba á apuntarle sobre el labio inferior hubiera podido pasar por bozo siquiera, ya hubiera sido otra cosa. Aun así y todo, la impresión que produjo cuando le presenté á los iefes y ala ofioialidad, sin estar exenta de cierta znaiba, no fué mala. Es más, hasta por una deferencia muy de estimar, mi comandante, que ya debía haber contado para ello con el coronel, hizo un pequeño trueque para que Serafín se quedara en la compañía que yo mandaba. -La criatura no está en edad de andar sin niñera, me dijo en son de cariñosa burla; y tratándose de quien se trata, no creo que desempeñará usted mal el oficio. III A los pocos días comencé á alarmarme seriamente. Córdoba, no sé si picado por las acerbas sátiras de los periódicos de la corte ó si obedeciendo á preconcebido plan, se dispuso á dar nueva actividad á las operaciones, y yo, que basta allí no había deseado otra cosa que salir de aquella inacción, ahora temblaba por aquel muñeco presnnluosillo, de que con toda seriedad me había erigido en niñera y por el que sentía paternales ternuras. Por el pronto, la cosa no fué del todo mal. Todo lo que hacíamos era verificar un movimiento de avance en que no se disparaba un tiro y en el que no teníamos que luchar más que con las fatigas de la marcha, que, después de todo, Serafín soportaba bastante bien. Pero aquéllo no podía durar. Las facciones estaban casi á) a vista, y no era dudoso que, á lo más dentro de un par de días, estaríamos metidos en una marimorena de las duras. Con esta convicción llegamos una tarde á un pueblecillo de poco atractivo aspecto y de escasas comodidades, donde se nos dio orden de hacer alto. La tropa, aprovechando la benignidad de la estación, acampó al raso, y los oficiales nos repartimos como pudimos los escasos alojamientos, nada cómodos por cierto. Es decir, se los repartieron, pues yo, por haber llegado un poco tarde (siempre con la impedimenta de lui primo) estuve á punto de quedarme fia dónde dar con mis molidos huesos. Pero aquéllo, que pareció una contrariedad, fué una ventaja no pequeña. A fuerza de apremiar al alcalde, que me pareció el bribón más redomado del orbe, me dio las llaves de todo un caserón con humos de palacio en que hubiera podido meter hasta mi compañía entera. El edificio, que estaba hasta ricamente amueblado, no le habitaba nadie desde hacía largos años, y la causa, según se nos dijo, de no haberle puesto antes á nuestra disposición, era que nadie en el pueblo, sobre todo desde el toque de oraciones, hubiera osado llegar á él por todo el oro del mundo. Era, tn una palabra, una de esas obligadas casas de duendes y fantasmas en que se oían luidos misteriosos, arrastre de cadenas y demás zarandajas, mezcladas á no sé qué consejas de almas en pena y aparecidos, que pasaban, por lo visto, el rato en asustar á las gentes. A mí, que no me cuidé nunca mucho de las cosas ultraterrenas, me importó todo aquello un bledo, y al examinar los mullidos lechos que ocupaban las amplias alcobas, me prometí la noche más apacible del mundo. Pero con sorpresa y enojo no tardé en observar que Sarafin no participaba de mis ideas, y que ya desde que nos sentamos á la mesa para dar cuenta de la cena, que sabe Dios con cuántos trabajos logramos improvisar, pálido como un muerto y temblando como un azogado, no pudo pasar bocado, á pesar de estar en otras ocasiones dotado del apetito más envidiable que he conocido. ¿T el resto de la noche? ¡Vaya una noche! Aunque yo no acerté á oir otro ruido que el de los ronquidos de nuestros a i tentes, Serafín no me dejó cerrar los ojos un punto, y á pesar de mis amonestaciones y hasta de mis amenazas, poco faltó para que llorando á moco tendido no se echara al campo huyendo de unos trasgos y unas visiones que veía con toda la claridad del más pueril y supino de los miedos. ¡Bravo militar nos habíamos echado! El que temblaba de aquellos cuentos de vieja, ¿qué haría cuando oyera silbar las balas sobre su cabeza y viera venírsele encima aquellos escuadrones del titulado Carlos V, que hacían palidecer á los más bravos de nuestros soldados? ¿Por qué mi tía Circuncisión, en vez de engalanarle con aquellos marciales arreos, no le había vestido la beca para mandarle al seminario de Siguen za? IV Cuando al empezar á clarear el día escuché el toque de generala y me enteré de que j a se habían cruzado los primeros disparos entre nuestras avanzadas y el enemigo, confieso que sentí más miedo que el que toda la noche había tenido Serafín. ¡Q- raeias á que la falta de tiempo no me dio lugar á pensar en lo anómalo de la situación en que me hallaba metido! Apenas llegados á todo correr á las filas, se dio la voz de marcha, y á la media hora estábamos en la vanguardia tratando de romper las líneas de la facción, que á toda costa trataba de impedirnos el paso. El encuentro no podía menos de ser rudo. Unas y otras tropas veníamos de refresco, y deseo no faltaba de batir ei cobre. ÍTo recuerdo bien los incidentes de aquel día; pero sí sé que dos veces cobramos nuestras posiciones y dos las perdimos. Cuando la acción iba á decidirse, cuando ya no se trataba más que de avanzar ó de retroceder definitivamente, fué cuando distinguí á Serafín, que desde hacía muchas horas habla perdido de vista. Transfigurado por completo, delante de todos, teniendo en una mano la bandera del batallón, que acababa de abandonar un alférez á quien una bala había atravesado el pecho, y en la otra el sable, él era el que infundía alien-