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Pero aquel párrafo, de gran interés para mí y el primero que devoré con los ojos, por cierto preñados de lágrimas, no interesa para nada á mi cuento. Lo que si importa es lo que me decia mi tia Circuncisión. A Serafinillo, aquel chicuelo enteco y desmedrado que tendría en tal sazón diecisiete años muy escasos, le había comprado una charretera de alférez; y agregado, gracias á ciertas influencias, á mi mismo batallón, debía llegar de un momento á otro para incorporarse al ejército de operaciones. La cosa era para preocuparme un poco. ¿Qaé iba yo á hacer, en medio de las penalidades que se nos preparaban, de aquel chiquillo, que ni un momento había salido de entre las faldas de su madre? ¿Creería mi tia que aquello de la guerra era cosa de juguete? Sin embargo, Serafín tenía mi misma sangre; iba á traerme, no sólo noticias, sino algo del aire que se respiraba en aquella casa de que no se apartaba mi pensamiento, y, lo confieso, ni en todo el día tuve momento de tranquilidad, ni aquella noche cerré un punto los ojos esperando su llegada. II Por fin, á la maSana siguiente se presentó en mi alojamiento. Hacía mucho tiempo que no le veía, y le encontré todavía más niño de lo que me había figurado. Jíi Con su uniformo flamante apenas empañado por el polvo del camino, con su morrioncete enfúndalo do hule que olía á nuevo, con su charretera de oro recién salida de la tienda y que todavía hacia n al asiento en su hombro iz-