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DE LOS DUENDES iiJicm; xiDOs DEL A? Ü TIIEIA TA Y TANTOS I íiWSxft QUELLAS condonadas Eneartaoiünes en que parecíamos aislados del resto del mundo eran para nosotros un infierno de tedio. Toda nuestra distracción, aparto por supuesto de jugarnos hasta el último botón de nuestras casacas de gala, consistía en murmurar, con perdón de la ordenanza, de todos nuestros jefes, y con especialidad del general Córdolsa, que no se diría sino que se había propuesto tenernos estancados allí por los siglos de los siglos, sin retroceder un punto, es verdad, pero también sin avanzar una pulgada. Tal inacción, de la que apenas salíamos de vez en cuando para sostener alguna escaramuza con las tropas del Pretendiente, nos tenia de un humor de todos los diablos, y para que nada nos faltara, hasta la dificultad de las comunicaciones hacía que meses enteros se pasaran sin tener noticias de nuestras familias. Así es que cuando una mañana en que me entretenía, sentado con dos ó tres oficiales más á la puerta de mi alojamiento, en querer hacer arder un cigarro más incombustible que si con amianto estuviera fabricado, oí al cartero que pronunciaba mi nombre, de un salto me puse de pie, y sin curarme de qae los doce cuartos del porte consumían por entero los últimos restos de mi fortuna, me apoderé de la carta, no sin causar la envidia de mis compañeros. Sin embargo, hubo un momento en que todas mis alegrías so trocaron en terrible sobresalto. No era mi madre la que me psoribía. En aquellos caracteres engarabitados y rígidos trazados en la parte de la epístola destinada á sobrescrito, reconocía la mano de mi tía Circuncisión. ¿Habría ocurrido alguna desgracia en mi casa? Pronto salí de dudas. Con menos cuidado del que exigía aquel sistema de plegar el papel sobre sí mismo, rasgué las profusas obleas que lecerrabau, y al final encontré una docena de línea? de aquella letra menudita y rasgueada que había hecho pasar en su día por hábil pendolista á la pobre viejecilla, que sabe Dios si volvería á estrecharme en unos brazos que tantas veces me habían arrullado. Lo primero que hice al tomar en mis manos el pape fué besarle con el respeto con que se besa la reliquia santa, con el entusiasmo con que se abraza á la persona querida. Después confieso que estuve un momento sin hacer otra cosa que ver desfilar ante mis ojos las letras. Por fin leí. Imposible parece que en tan poco espacio pudieran contenerse tantas ternuras, tan delicadas y prolijas atenciones; y, sin embargo, para mí había allí materia para esaribir un libro, ¡qué digo un libro! centenares de volúoienes en cuya lectura hubiera tenido por dulce tarea consumir la existencia. Los que no han pasado meses y meses expriestos todos lo días á que una onza de plomo les haga pasar de Ja lista de presente á la qu publica luego el parta oficial con el epígrafe de Muertos en la acción do tal ó cuál no tienen la clave que hace falta para leer cierta clase de escritos. Prasleiias, ñoñeces, repeticiones sin sentiio hubieran encontrado sólo los profanos en aquellas diminutas patas de mosca, entre las que á cada paso una manaba del papel delataba una lágrima. Pero para mí cada coma era un sollozo, cada rasgo un beso salido del alma; y no cada frase, sino cada palabra, cada sílaba, me decía muchas, muchísimas más cosas que los alambicados conceptos con que atestan sus octavas esos confeccionadores de poemas, en cuya sinceridad confieso que siempre creyó muy poco mi rudeza de soldado. Recuerdo todavía, como detalle que no olvidaré nunca, que siendo aquellos trazos sólo post scriptum de la epístola, de tal manera tomé la parte por el todo, que (perdónemelo la memoria de mi pobre tía) creyéndome de buena fe enterado de lo demás, no sólo deposité el veneraiisimo papel en el bolsillo de mi casaca, sino que horas enteras, pasadas en recordar una á una las palabras que había devorado con los ojos, tardó en caer en la cuenía de que lo más del documento se me había ido tan en olvido como si nunca hubiera sido escrito. Eso si: caando di en ello, me apresuré á reparar mi falta con el mayor ahinco, ofreciéndome hasta á desagraviar á la justamente ofendida, haciéndola, si lo exigía, pública confesión de mi pecado, y obligándome á cumplir, por dura que fuera, la penitencia que quisiera imponer á una falta sobrado castigada ya por mi conciencia, que no se hartaba de apellidarme ingrato, mal sobrino y qué sé yo qué millares do cosas más.