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Escenas de la guerra Tan diferente es la guerra vista al través de los épicos relatos y contemplada en sus dolorosas consecuencias, que no es de extrañar formen grande y fuerte contraste, de u n lado el entusiasmo de la patria por enviar á Cuba cuantos homVres y efectos hace precisos la campaña, y de otro la ansia de paz sentida en las ciudades y poblados de Cuba, donde con la paralización comercial y el fantasma de la miseria aparece el triste y dolorosisimo espectáculo de los pobres heridos, de los soldados aspeados por largas cam i n a t a s de las venganzas y eJecDciones; horri ble cuadro de la guerra que parece transportarnos á otras lejanas edad e s é iluminado á la continua por el vivo resplandor de los incendios. No hay duda que el sentimiento de la patria siéntese m u y hondo y asómase á los ojos entre lágrimas cuando fe contempla á los brillatitas batallones salir á camÜS ¡NEGKO HEEIDO paña, cuando ondea en dir 6 30i ón al enemigo la enseña nacional, y el rudo toque de las trompetas lanza á, los soldados al ataque; mas cuando al tocar alto el fuego sólo s j escuchan las quejas de los heridos y se contemplan los cadáveres y se advierte en los vivos las señales de la fatiga, del insomnio, de las mil penalidaies y mortales riesgos de la c a m p a ñ a al sentimiento de patria se sobrepone el de humanidad, y sólo u n deseo vehementísimo de paz y concordia encuentra abrigo en el corazón. C. 4 Dos de estas tristes escenas, forzosas c o n secuencias de todo combate, remito a c o m p a ñando ¿estas líneas. Bepresenta la primera el hallazgo de u n negro herido en u n o de los últimos combates; es uno de t a n t o s salvajes como pelean mandados por el cabecilla mulato, uno de esos feroces orientales q u e siguiendo á Maceo y á Quintín Banderas corriéronse al otro extremos de l a Isla, de donde les será m u y difícil volver á su antiguo campo de operaciones, merced á la vigilancia del general Arólas en la trocha nueva. Xia segunda representa el cadáver de otro insurrecto, á quien nuestros soldados se disponen á d a r sepultura después del combate. Triste fae n a que sigue siempre á HALLAZGO DE UN OADAVEK toda acción, pues como el enemigo h u y e siempre, harto hace si logra arrastrar consigo á sus heridos, deiando sobre el campo los cadáveres. Claro es que á estas tristes escenas, á las quejas de los heridos, al delirio de los enfermos, se acostumbra al cabo y al fin el torpe corazón; pero n o es menos cierto que estos desastres de la g u e r r a hacen ansiar a u n al más ardiente y valeroso u n a paz próxima y duradera. JUAN DE L A S H E B A S fotografiáis Gelaberi.