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L a travesía fue felicísima, y los tripnlantes del Nueva Vitoria llegaron al primer puerto americano de sn r u t a tan frescos y descansados como al siguiente día de la salida de Bilbao. Los negocios se presentaron bien, y el capitán, contentísimo, recorrió durante dos meses con su barco todos los puertos que los armadores le habían mandado visitar. Al fin, una m a ñ a n a dijo su gente: -Mnchachos, dentro de dos días, listos para Bilbao. La alegría de todos fué grande; la de Pedro Antón, inmensa. Miró al pájaro, que cantaba á pulmón herido, como diciéndole con los ojos: ¡Por fin! Zarparon con r u m b o á España. ¡Qué dulce es el regreso á la patria! Los priüaeros días de la navegación fueron u n cántico continuo en el que rivalizaban el pijaro y los hombres. Al cuarto día les cogió u n tempoial. No les asustó; su alegría daba para todo, tínicamente el capitán decía con gesto de mal humor: Buen viaje de venida, pésimo de vueltaa. Pero nadie le hacia caso. E l temporal quebrantó bastante la embircaoión, pero dejó incólames las esperanzas de u n feliz regreso. Cuando al tercer día de m a r penosa volvió á lucir el sol y á aquietarse el Oaéano, nadie pensó en nuevos peligros. El temporal se les había llevado u n a lancha y causado algunas averias en el casco del buque, pero ya estaba vencido. ¡Cuánto se engañaban aquellos infelices! Tras cuarenta y ocho horas de calma volvió el mar á enfurecerse, á turbunarse el cielo, á soplar el huracán con todas sus fuerzas, y el barco, ya quebrantado por) a lucha anterior, comenzaba á rendirse. Su casco cruj í a con siniestros sonidos, la máquina fancíonaba con extrañas intermitencias, y las olas, que anegaban la cubierta á veces, parecía que pasaban por ella pregonando su triunfo. Los rostros de los marineros acusaban trágicas preocupaciones; el capitán murm u r a b a ininteligibles frases que lo mismo podían ser j u r a m e n t o s que súplicas; Pedro Antón pensaba tristemente en (xabriela; el pájaro había enmudecido. El mar se llevó otra lancha y abrió u n ancho boquete en la obra m u e r t a del yap) r. L i sirena rugía desesperada pidiendo socorro en medio de las encrespadas olas. Súbito, la hélice dejó de funcionar. La idea de la m u e r t e dominó todos los corazones, y la noche cayó á plomo sobre las revueltas olas. ¡Terrible noche! El barco, sin gobierno n i defensa y á merced de las olas, se inclinaba á u n lado y á otro como el herido de muerte que extiende el brazo para caer. El mar entraba rugiendo por la ancha herida del casco, y ésto se huodía, se h u n dia con mortal pesadumbre. Unos marineros se abrazaban sollozando; otros, silenciosos, trágicos, miraban fijamente no sé qué: ¡su vida acabada! Las primeras luces del alba asomaban tdmblorosas por el firmamento. Pedro Antón, arrastrándose casi, subió á la cubierta, barrida p e r l a s olas. I b a á llegar el terrible momento de la inmersión del barco. El infeliz muchacho llevaba amorosamente ttf i asida entre sus brazos la j a u l a del favorito de á bordo, del pájaro de Gabriela. Allí, hacia e! Oeste, vio Pedro Antón una linea obscura y sinuosa: era la costa, era la tierra. Pero ¡ay! cuan lejos. Sosteniín dose en medio de las olas, que le golpeaban, abrió el pobre muchacho la j a u l a y dijo con su último aliento: ¡Vete! El pá, jaro salió de la j a u l a y aletíó un instante, como iadeoiso y acobárdalo; después, con segare instinto, partió rápido en dirección de la costa. Sucuerpeeillo se perdió en el aire: el barco se hundió con fragor horrísono. Asi sucede en todas las tragedias del mar. El último pensamiento del que naufraga tiene alas JOSÉ D I B U J O S DH M A R T Í N E Z A B A D E S DK ROURE