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las fiestas familiares las habían solemnizado j u n t o s y que además se querían como íiermanos; como hermanos que saben que no lo son, y que no es eso precisamente lo que ha de preguntarles algún día el cura. Mientras el Nueva Vitoria surcaba los mares en largas travesías, la pobre Grabriela padecía grandes tristezas, que algo se calmaban con la contemplación del mar, pues m á s lejos ó más cerca, aquel era el camino que llevaba Pedro Antón y por el que a l g ú n día había de volver á su presencia; pero una vez el Nueva Vitoria en la ría de Bilbao, todo era fiesta en el caserío de Algorta y alegría y amor bajo aquella hermosa parra, de la cual, además de opulentos y apiñados racimos, pendía una humilde j a u l a donde cantaba u n pájaro i rioionero. El capitán del Ni. eva Vitoria comunicó u n a m a ñ a n a á los armadores del barco en el escritorio de éstos, que y a tenía el vapor listo, después de algunas precisas reparaciones, para segair dando tumbos por el Océano. -Amigo Aizpirúa, le dijo el principal, el Nueva Vitoria es u n barco valiente, pero está y a m u y viejo y achacoso. Vamos á disponerle u n viaje final por gran parte de América, y á su regreso veremos si con algunas transformaciones sirve para el cabotaje. Así concluirá t r a n q u i l a m e n t e sus días. E m b a r c a d a la carga, trazado el itinerario, dispuesto todo á bordo para la partida, fué u n a tarde Pedro Antón al caserío de Algorta á despedirse de Gabriela. La muchacha lloraba, y el rudo marinero hacia grandes esfuerzos para no compartir su llanto. -Mira, le dijo, éste es el último viaje largo que hace el Nueva Vitoria, y el último que hago yo también por esos maros. A mi regreso le diremos dos palabras al cura y no nos separaremos más. Pediré u n puesto en u n remolcador, y seguramente no han de negármelo. Tales palabras, lejos de contener el llanto de Gabriela, lo precipitaban más. Algo adivinaba su corazón en lo porven i r que no concertaba con tan risueñas promesas. T mientras la m u c h a c h a lloraba y el mutil se pasaba distraídamente el dorso do la mano por los ojos, el pájaro, prisionero en la j a u l a pendiente de la parra, cantaba con todo el pico abierto, como si pretendiera dominar la situación con sus t r i n o s ¿KTo oyes qué alegre está el pájaro? dijo Pedro A n t ó n ¿Pues por qué hemos de afligirnos nosotros? ¡Ojalá pudiese yo oir sus canciones cuando vamos mar arriba! -Llévatelo, repuso Gabriela; te acompañará en mi nombre. El pájaro? preguntó Pedro Antón sonriendo. Gabriela descolgó l a jaula, y entregándosela le dijo: -El hará que no te olvides ni u n instante de mí; cuídale mucho. El rudo marinero, con la j a u l a entre las manos, feliz por poseerla y asombrado por lo imprevisto y extraño del obsequio, m u r m u r ó al cabo: ¡Bueno, ni el rey lo cuidaría mejor que yo! Y cuando las primeras sombras de la noche d a l a n tonos de lucero á las aguas do la ría, Pedro Antón ganó el Nueva Vitoria, ocultando cuidadosamente á los ojos de todos su misterioso bulto. ¡El faso es que no cante! m u r m u r a b a el mutil; después ya sabremos lo que hacer. ¡Qué había de cantar el pobre pájaro, si iba muerto de miedo! Con l is faenas de la sali la del puerto y del primer día de mar, nadie se enteró eu el Nueva Vitoria del aumento de tripulación. demás, el pájaro, caya j a u l a iba coidadosamente oculta en el sollado, no tenia ánimos para cantar. El agua se le había vertido y los cañamones desperdígalo; aquello er atroz. Al fin, al tercer día de navegación se decidió á lanzar u n lastimero trino, y u n marinero que lo oyó levantó la blusa de Pedro Antón, puesta ó dejada como al azar sobre la jaula, y el crimen qurdi descubierto. ¡Pedro Antón ha traído u n pájaro á bordo! La noticia circuló rápidamente entre los marineros y llegó á oídos del capitán. ¡Bueno, pues se lo comerán las ratas! exclamó éste, fingiendo u n enojo mucho mayor del que sentía. ¡foro qué se lo habían de comer! Todas las almas enérgicas son compasivas y todos los corazones facrtes propensos á la ternura. El paja- ro de Pedro Antón fué t n seguida el favorito de á bordo, y no hubo marinero que con su callosa mano no le cambiase el a g a a ó m llenase de migas de pan el pocilio da la jaula. Colocaban ésta sobre cubierta, adoptando cuidados paternales para librar al pAjaro del traque ti- o del mar, y le animaban silbando para que cantase, ó le decían en vascuence frases de alegría y buen h u m o r cuando le veían triste y desmayado. E n suma, que parecía que á todos aquellos hombrachones les había nacido u n hijo con alas, y el pájaro, mimado, festejado y querido, Wegh hasta á olvidarse de la parra del caserío de Algorta. Pedro Antón, n o