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LO QUE SE SALVA El vapor de la matrícula de Bilbao Nueva Vitoria no podía ser considerado como u n modelo de oonstrucoiopes navales, pero llevaba con suficiente gallardía sus largos años de lucha ecn el mar; y á semejanza de los soldados veteranos, si no maravillaba en el puerto en formación con otros vapores más jóvenes, elegantes y pulidos, mar afuera y en lucba con el temporal a ú n se hacia respetar por las olas, resistiendo bravamente sus ciclópeos embites. Todos sus tripulantes eran vascongados, y todos ellos tenían la cabeza salpicada de esa espuma que dejan los años, t a n poco semejante á la efímera espuma del mar, que brota y se deshace; el único muchacho de la marinería era Pedro Antón, u n joven algortano, recio y forzudo, de facciones enérgicas, músculos de acero, cuello de toro y alma tan candorosa como la de u n niño. Pedro Antón componía versos, por supuesto en vascuence, versos q u e eran la delicia de todos sus compañeros de barco, y que aun el mismo capitán solía cantar con su voz de sochantre y aplicándoles la música de cualquier zortzico, lavIV f. V -w cuando la mar llana, el cielo azul y el puerto próximo le desarrugaban el entrecejo y le barrían de tacos y juramentos la g a r g a n t a N o es esto decir que Pedro Antón escribiera versos, oficio impropio de u n rudo marinero como él, sino que los hacia, ó mejor dicho, le sallan con el sonsonete de cualquier estribillo vascongado. Luego, todo era fijarlos en la memoria, acompañándose con u n acordeón, y quo los compañeros los repitieran. Asi parece que versificó Homero; pero j u r o que el muchacho algortano no lo sabia. E l m a r es u n a gran musa; no hay cabellos rubios y rizosos que hagan sentir t a n hondo como la movediza crestería de sus olas, n i hay penetrante mirada de unos negros ojos que se nos meta más por el alma que aquella linca sutil, borrosa, invisible casi, que nos m i r a desde el limite, donde nuestra vista, que rastrea el mar, tiene que continuar su r u t a p o r el cielo; pero Pedro Antón, además de la g r a n m u s a épica del mar, tenía otra musa de carne y hueso, fresca y apetitosa, de ojos azules y mejillas sonrosadas: Gabriela, la hija ele u n casero de las cercanías de Algorfa. Gabriela y Pedro Antón tenian a l g ú n parentesco: en la familia de ella todos eran labradores; en l a de él, todos marineros; pero m a r y tierra habían firmado sus paces merced á los individuos de u n a y otra rama familiar, y era tradicional entre ellos que para beber u n j a r r o de chacolí ó despachar u n a apetitosa merienda, no había parra en el mundo que prestase mejor sombra que la del caserío en cuestión, bajo la que los vínculos de la sangre parecían redivivos á través de las vicisitudes de accidentadas vidas y á pesar de los continuos desgastes del tiempo. Pedro Antón y Gabriela no podrían, por lo t a n t o decir qué grado remoto de parentesco les unía, pero sí que todas