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Miguel rompió el sobre. El papel no eontenia escrito alguno, al parecer. E r a u n a carta en BLAUCO, pero el calor de la estufa hizo aparecer el KEGKO de las letras, q u e decían asi; Ven esta noche d las doce. -Josefina. AJgo extraordinario sucedía. Josefina j a m á s liabia citado á Miguel BLANCO. Además, aquella letra parecía u n a falsificación de la de Josefina. Esto preocupaba al e n a m ó r a l o galán, que en su afán de verlo todo NEctRo, llegó á pensar si aquéllo era u n lazo que se le tendía. Consultó el caso á sus mejores amigos, pero y a se sabo lo q u e son las consultas: fLo tuyo pon ert, consejo; unos te dirán qve es BLANCO y otros te dirán que es NEGRO. Acababa de cenar, cuando la patrona le entró otra carta a n ó n i m a concebida en estos términos: Prudencia y discreción, ó surá usted BIANCO d, e las iras de un padre. Por toda firma había u n borrón NEGRO. ¿Quién ha traído esta carta? -Un h o m b r e No ha dicho más que cesta carta para el Sr. de BLANCOJ, y ha echado á correr. ¿Qué señas tenía? Vestido de NEGRO. Miguel quedó largo rato con la vista fija en el BHXCO del mantel. De pronto se levantó. H a b í a tomado u n a resolución. Vistióse de NEGRO y se marchó al teatro, en donde vio la representación de El pañuelo BLANCO. Después se e n e a m i r ó hacia la casa de Josefina. El callejón estaba NEGRO como boca de lobo. El BLANCO disco l u n a r se ocultaba tras de NEGRO é interminable n u b a r r ó n Del BLANCO paramento de una casa, Miguel vio destacarse u n bulto NEGRO. Era u u embozado q u e avanzaba cautelosamente, llevando bajo la capa algo escondido. Un a r m a de fuego tal ve? Miguel acarició e! BLANCO culatin de marfil de su revólver, cuando otro bulto tan NEGRO como el anterior apareció j u n to al primero. La lucha tenía que ser desigual, y Miguelito pensó en la huida. Ya era tarde. Tres embozados, de tan mala catadura como los anteriores, le oerrab 3, n el paso por el otro extremo del callejón. Miguelito estaba cogido como u n BLANCO palomo. Quedaba u n recurso. Llamar en casa de Josefina y pedir auxilio al fiel criado NEGRO, á cambio de las propinas recibidas. Miguel corrió hacia el portal, pero en su azoramiento n o pudo dar con el aldabón. Los embozados se reunieron y cambiaron a l g u n a s palabras en voz baja. S e conocían e r a plan convenido. Miguelito tembló como un álamo BLANCO. -Allí, dijo con voz cavernosa el que parecía jefe de aquella cuadrilla, señalando al portal donde estaba Miguel. Al alcance de este pobrecillo, los cinco se desembozaron y a p u n t a r o n á, Miguel con sus enormes trabucos. ¡Ahora! gritó uno de los criminales. ¡Perdón! exclamó el e n a m o r a d o mancebo. U n estampido horrible resonó en los aires. E r a el pasodoble de El chaleco BLANCO, que tocaban cinco murguistasi Miguel cayó en la cuenta. E r a la víspera del santo de D. Ambrosio Monte NEGRO, y aquellos infelices venían á darlo serenata. MELITÓN GONZÁLEZ