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DISTINTOS PREMIOS (COSAS DE DOS SIGLOS H A) En el ángulo que forman de dos conventos las tapias, que por entero sombrean cierta calle solitaria, al promedio de una tarde triste, lluviosa y nublada u n viejo de austero porte y u n mozo de altiva planta, con huraño acento el uno, tranquilo el otro y con calma, de esta m a n e r a dialogan, ora á voces, ya en voz baja: -Quiero, por Dios, que me digas de qué te sirve una espada quo de su ley en defensa j a m á s salió de la vaina. De qué valen eífls plumas tú en tal el tiempo no gastas. ¿Y a ú n de bravonel presumes? ¿Y a ú n de Medoro te pagas, con valientes de alfeñique y. con despreciables daifas? Engañen tus bizarrías á la gente de t u lañ n. -Vuesamerced me perdone, que respetarle me m a n d a n la sangre, poi ser mi deudo. v. íV. í M 1 r 1- ií? que por soldado te achacan, si son sólo las tabernas el tercio en que te aventajas? Y á fe que al ver en t u pocho tanta cadena, aunque falsa, cualquiera las tomaría por premio de unas batallas de que t ú no haces memoria más que en Gacetas, y gracias; que si no hay quien te las lea, que á quien mi experiencia tiene no le sirven alharacas. -Calló el viejo unos instantes, alzó el mozo con audacia u n a cabeza que cubre u n fieltro de luenga falda, y sin el menor asomo de contrariedad n i rabia, al indignado discurso contestó en estas palabras: por ser yo mozo, sus canas; mas ya que habló de experiencia es bien que saber le haga que, aunque nueva, no es la mia peor que la suya rancia. TJsarced nació en los tiempos en que al m u n d o amedrentpban soldados que á la. victoria iban de su arrojo en alas. Luteranos y hugonot s tuvieron memoria amarga de las sangrientas proezas de aquéllos tercios de Italia, de los que los veteranos que aún con placer recordaban haber servido al arrimo de Leivas, Dorias y Albas, refrescaban todavía sus laureles y sus palm as guiados por capitanes