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Rouge Je París deben tener algo de aquellas zarabandas de marras. Sobre que, con poca diferencia, desde las negras del África central ó las almeas de Egipto, hasta las gitanas que bailan encima de las mesas en Sevilla, en cuanto una mujer baila sin freno, todo viene á ser lo mismo. La zarabanda debió bailarse en la Opera. No desesperemos de que se anuncie algún día. Ello es que el público francés ha visto con deleite estos bailes antiguos, y á nosotros nos recordaron antiguos esplendores de España, que contrastan ¡ay! (como diría el otro) con las desdichas presentes. Y las bailarinas que los ejecutan son todas muy lindas personas. Las dos Regnier llevac camino de estrellas. En la Opera de París hay estrellas mayores y menores. Hasta f l ahora el sol es siempre nuestra compatriota Bosita Mauri. Vienen después Miles. Hirsoh, Subra, Marechal, Laus, la célebre Laue, que gasta en su casa y íuera de ella más de un millón al año, y cuya fortuna, por lo estupenda, tiene fama en Europa. Y como segundas estrellas, cona. o si dijéramos las segundas damas pedestres, todas éstas que en las fotografías bailan la pavana ó el minué. Entre ellas, y aunque todavía no es más que banderillera de pies, ó lo que es lo mismo, bailarina sencilla, Oleo Merode, á quien llamamos en Ftíiía la petite Cleo, diminutivo de su nombre de Cleopatra. Esta Cleopatra de veintidós años, con sus iandeaux que le cubren casi toda la cara, es monísima, y su Antonio ha estado á punto de serlo uno de los reyes que en el último otoño visitaron París, porque al fin y al cabo los rej- es paeden y deben decir algunas veces aque. lo de Homo suwm, etc. Las fotografías de la Merode se venden como pan bendito, y por aquello de que sus handeaux la dieron á conocer como tipo excepcional cuando apareció en el mundo coreográfico, un ciento de mujeres se ios han puesto y les van muy mal, de todo lo cual al lector le importará un comino, y á Olí otro. Para reproducir estos bailes antiguos se ha empleado mucho tiempo y se ha hecho estudiar muchos días á las artistas, porque en la Opera parisiense el cuerpo de baile y todo lo que á é se refiere tiene una importancia extraordinaria. Y luego, como cada una de estas bailarinas, aun las más modestas, son los ídolos de la alta banca y de la primera nobleza, resulta que les dan á los bailes un color de distinción y de riqueza que no hay más que ver.