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Prasq nito Lucas eia u n mozo g u a p o robusto, gallardo 7 ágilE n las faenas del campo y con la escopeta en la mano, era el u n o Y tocando la guitarra y cantando rondeñas y sevillanas y polos y carceleras, era u n profesor. M u y conocido por acLuellos terrenos, Frasquito era á u n tiempo querido y respetado por los mozos y m u y bien mirado por las mozas. Rico n o lo era, pero gallardo y valiente como él sólo en la comarca. Quería más que á las niñas de sus ojos á Carmela, u n a de las hijas de J u a n Miguel, que fueron en el cortijo del camino de La Carolina victimas del feroz atropello de los franceses. Minutos después de acaecidos aquellos haclios, llegó el relato de ellos á oídos de Francisco Lucas. Quiso comprobar la verdad de lo ocurrido, y corrió aVcortijo. J u a n Miguel h a b í a llegado t a m bién en aquellos momentos. El padre infortunado acudió prim e r a m e n t e á la vida de su hijo, puesto que las heridas en su honr a no t u v i e r a n remedio. El padre Jacinto, vuelto en si, vendada la cabeza, atendía á los demás, sin cuidar de lo suyo. Frasquito Lucas salió de la casa sin decir palabra. El diablo le colocó en su camino dos soldados de granaderos franceses que, apoyados uno en otro, iban trazando eses. Sin duda caminaban borrachos y se de las avanzadas del ejercito que entr i i. Ver aquel par de beodos á Francis l- i ifué todo u n o El joven sintió que se le ardía IE- r ¡franceses. E n su idioma, a u n q u e con rozada i ii g u n t a r o n á Francisco si había visto zas de la vanguardia de D a p o n t Lucas, después de vacilar d u r a n t e algunos segundos, pareció como resignado, y contestó: -Por allí, indicándoles el camino de Bailen. Los dos complicados en el honroso asalto del cortijo de J u a n Miguel c o n t i n u a r o n su camino. Pero no sin amenazar antes á Francisco y dirigirle algunas insolencias intraducibies, y menos por Lucas, porq u e no sospechaba siquiera cómo podría hablar u n a persona en idioma extranjero más que por defectos de constitución. Cuando ya llevaban aadados algunos jasos, Frasquito se sintió impulsado por u n mal pensamiento. ¿Quién sabe si alguno de aquellos miserables rezagados, si los dos tal vez, habían sido de los que injuriasen á las hijas de J u a n Miguel, á su Carmela? ¿A su? Ya n o era posible. L a vista de aquellos miserables, l a soledad en el campo, todo contribuyó. Requirió la escopeta y se le v i n o á la m a n o Parecía como que le incitaba. L a levantó, a p u n t ó á uno de los gabachos beodos, disparó, y el infeliz soldado cayó como u n saco, herido mortalmente por la espalda, en el corazón. El otro francés lanzó u n rugido y u n a blasfemia bárbara y horrible y se preparó para defenderse. Esta fué su perdición. Porque Frasquito volvió á cargar la escopeta, enfiló al borracho, y Cayó el segundo como nabía caído el primero. DiBtJJOB DE E S T B V A N El matador avanzó hasta el sitio donde habían caído los dos franceses. Volvió á cargar la escopeta, y miró alrededor por si venía alguien en aquella dirección. Después, poniendo una rodilla en tierra, se dedicó á registrar los morrales de los difuntos soldados. E n uno de ellos estaba el crucifijo de plata, que Frasquito reconoció. ¡Le había visto tantas veces sobre la cómoda cuando él platicaba con su Carmela! -Parecía como que bendecía nuestro cariño, dijo Frasquito, como si continuara interrumpido discurso y siguiendo el hilo de sus pensamientos. ¡Carmela! ¡Yo que la adoraba! ¡Bien muertos estáis ustés, oanayas! E l otro soldado llevaba en el morral varias prendas de niño. 7 y u Este pormenor contrarió á Frasquito. ¡Tal vez fuera u n pobre padre! Como decía Frasquito Lucas pocos días después entre varios amigos y compañeros: -Los demás cayeron en nuestras manos en Bailen, Ya no queda u n gabacho pa contalo; sa perdió la cosecha. ¡Si no puén defendese siquiera! observaba uno que fué lancero de tanda. ¿No veis que cá hombre paese u n baratiyo, cargao de ropa? Frasquito fué de los que más se distinguieron batiendo, se on el oanapo de Bailen el día de la batalla, y la noche anterior tocando la guitarra y cantando para que se anim a r a n los guerreros improvisados y las guerreras que iban á ver á los veteranos Poro siempre conservaba Lucas cierto peso en su conciencia por aquel par de granaderos cazados en la carrera. U n día confesó con el padre Jacinto su delito. -Padre, ¿u s t e i puede absolverme? -Hijo, el asesinato es pecado grave, y sólo Dios puede borrar el pecado, y- ¿Pero usted no puede absolverme? -Hombre, tratándose de franceses, puedo darte m i bendición, como t e la doy, hijo mío. -En ese caso, padre, n o necesito molestar á nadie m á s Gracias, padre. E D U A R D O DE P A L A C I O