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El ataque á Bejucal Fué u n a de las hazañas mandadas en persona por el generalísimo Máximo G 5 mez en su devastadora incursión p o r las provincias occidentales de la Isla. Serían próximamente las once y media de la mañana de u n lunes del mes de Enero próximo pasado, cuando los vecinos de Bejucal fueron sorprendidos p o r u n a inmensa gritería que se dejaba oir hacia el barrio del Cementerio y la estación del ferrocarril, á la par que numerosos grupos de jinetes invadían el pueblo y ocupaban todas las calles. Los insurrectos, al penetrar en Bejucal, g r i t a b a n No tengan cuidado. Rindan haremos nada. P e r o había vecinos por cuyas venas corría sani g r e española, á quienes no amedrentaba el salvajismo de aquella horda de facciosos. Tanto fué así, que en algunos establecimientos fueron recibidos á t i r o s despreciando la bandera de paz que los invasores ofrecían. E n otras casas, las mujeres pusieron en LOS VOLUNTAKIOS DB BEJUCAL balcones y ventanas pequeñas banderas de parlamento. Las fuerzas del ejército, compuestas de cincuenta soldados del batallón de Asturias, veinticinco del de San Quintín y unos treinta voluntarios, al observar que el pueblo era invadido por los iasurgentes, corrieron á hacerse fuertes en la Cárcel y la casa de la Gruardia civil, esperando q u e los libertadores de Cuba llegasen á la plaza de A r m a s para castigar su osadía y defender con heroísmo, como lo hicieron, los edificios en que gallardamente se desplegaba al viento el pabellóa de la patria. Los prinoipale- grupos enemigos, á cayo frente figuraba Máximo Gómez, se dirigieron en efecto á la plaza de Armas, doude se hallan la Cárcel, el A y u n t a m i e n t o y la casa- cuartel de la G- uardia civil. La iuf ención de los insurrectos era apoderarse de los mencionados edificios, esperando la rendición de los pocos soldados que los defendían; tan es asi, que el cabecilla dominicano antes de penetrar ea la plaza mandó u a recado al jefe de la fuerza, diciéndole que si se rendíaf dejaría sus armas á los oficiales y clases de tropa. Pero la contestación del valiente capitán Serrano no pudo ser más categórica. -Mis soldados no se rinden al enemigo; venga éste cuando quiera, y venderemos caras nuestras vidas. Entonces los insurrectos invadieron por diferentes puntos la plaza de A r m a s Allí encontraron, fuera de la Cárcel y rorlilla en tierra, u n grupo de aguerridos soldados, al frente de los cuales el pundonoroso teniente D. Augusto Alvarez de Toledo los esperaba para morir antes de entregar sus armas. La fuerza de San Quintín se parapetó en la casa- ouar tel de la Guardia civil, y el capitán Serrano, con los voluntarios y el resto de los CAUCEL DE BEJUCAL, (JÜE SIKVIÓ DE REDUCTO A SÜS DEFENSORES soldados de Asturias, en la Cárcel. El ataque de los insurrectos, envalentonados por su h ú m e r o fué formidable; pero cada vez que trataban de avanzar de la línea en que se encontraban, eran rechazados por las nutridas descargas de nuestros aguerridos soldados. De nada les valia su empeño en aproximarse á la Cárcel, pues siempre eran rechazados con energía y decisión, hasta que cansa- Í Mj S L l P I H H 3 H 9 f i E! W l i B I H B 9 B i E! H i MK wHWMK 51 BPf Wfc JBBK MK -i BI HEl B J