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í ¿Qué tal es el pan del prefecto? preguDtaban de ua lado del circo Y respondían de enfrente: -Ya veremos á la hora de la merienda, en el descanso, entre el tercero V cuarto tigre. El prefecto en psrgona ocupó la tribuna de honor entre aplausos y vítores; lá banda del Hospicio romano preludió una marcha, y salieron en pintoresco grupo los gladiadores con sus armas ofensivas y defensivas, los mirmillanes de cascoa fantásticos, los tracios con sns dagas agudísimas, Xo samraitas armados de pies á cabeza, los retiarios con el tridente y la red de paseo terciada en los ríñones. Ei primer tigre fué nii fracaso. Sus costillas se podían contar más fácilmente que las rayas de su piel; fíaqneaba d los cuartos traseros y se asustaba al mirar á los gladiadores. Para todo había! ¡Los paterfamiiias! ¡los pnterfamiliasl comenzó á gritar la plebe encrespada y furiosa. A una señal del ¡irefccto. salieron dus tigres ancianos con sendas lira; culgadas al cuello; se llevaron al tigre joven, ca nióse un tant la soberaun masa, y otro tigre pisó la arena, emplazándose CD mitad del circo. ¡Al tigre! ¡al tigre! decían dando alaridos los plebeyos, mientras los gladiadores, que en su vida se los habían visto más gordos, se arrimaban ¿loa muro? recogían la red sin echar una mala larga, y tomaban la sabina, porque esto es más romano que tomar el olivo Como llovía sobre mojado, un rugido inmenso y ensordecedor acogió tan inexpHctiblp coViardía. IJOS pritos de No lo cntíendesl dirigid -al prefecto atronaban el aire; los gladiadores se encogían de hombreras; el tigr abrió la boca y se aentó en medio del circo ¡Horror de horroresl El pueb no pudo más, y empezó á arrojar panes y más panes á la arena; rebotabí en los cascos de los combatientes, ae partían en los postes de piedra, rod; ban largo rato por el suelo Y una cohorte de aesclavos sabios provistos de grandes banastas, rec gía hogazas á toda prisa y las sacaba del circo sin perder segundo, introd ciéndolas furtivamente en la prefectura por la pequeña puerta de servicio. Ya era tiempo. Ante el peristilo de la fachada principal aguardaba (larguísima cola el pueblo, hambriento y cansado, que no pudiendo ó no qu riendo entrar en el circo, iba en busca de las ofrecidas hogazas; y en efect ías recibía poco á poco algo golpeadas y sucias, como si largo rato hnbieri rodado por lá arena. IV El prefecto, alegre el rostro y orgulloso el ánimo, aunque algo desarr glado de vestiduras, se presentó al anochecer en el palacio de los cónsuh donde éstos, qae acababan de bañarse otra vez, se miraban las yemas de 1 dedos, arrugadas por la prolongada inmersión i i. f -Vuestros deseos están cumplidos. ¿De verdad? dijo uno de los cónsules. Los dioses te protejan! ¡Er todo un hombre! ¿De modo que todo se ha salvado? añadió el otro cónsul- -Sí. dijo el prefecto palpándose un chichón que tenia en la frente; se ha salvado... menos el principio de autoridad. L U I S ROYO VILLANOVA i f 1 fc. i,