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oongado. Quédase mirando al fastuoso Contador. Al pronto no le conoce; el sol de América ha teñido su rostro da oseara pátina; sus ademanes, su traje, sus j o y a s le acreditan de hombre regalón y poderoso; pero se fija, y no duda. -Paréeeme, dice por fin, recordar en V. M. á u n antiguo amigo. ¿Es V. M. dé las tierras de Guipúzcoa? Fijase el Contador en el recién venido del otro Mundo; se reconocen, se abrazan. ¿Qué nuevas traéis de España? p r e g u n t a ansioso. -Muchas. Los negocios del E s t a d o mal; el ley, enfermo; las n u e v a s de Flandes, infelices. Eeposé en Sevilla, ciudad reina de la holganza, donde el placer tiene su trono. Maravilla es y grande en la ciudad Montañés el escultor. Crea V. M. que labra maestras obras; y o vi u n Cristo Crucificado en el último trance. ¡Señor, que lloré os afirmo! No hay corazón, como de bronce no sea, que no se apiade. Por cierto que Dios inspiró al divino escultor. ¡E s p a ñ a! ¡El C r i s t o! ¡Montañés! Por la memoria del Contador pasan entonces angustiosos recuerdos. Su corazón seco por la codicia, su mente anublada por el oro, su ser todo cubierto por la coraza del egoísmo victorioso, siente, ve, lee en lo pasado, y se le representa el pórtico de la humilde e r m i t a de Vergara, y las imágenes destruidas, y el cepillo colocado j u n t o al pórtico, y sobre todo la noche aquélla en q u e entraba por él puñal en m a n o En Vergara se celebran solemnes fiestas. El monaguillo Paehi, ó sea el perulero D. Francisco de Irizasti y Mediavilla, vuelve de las Américas. Sus joyas despiertan envidia, su fausto es asombro de todos, y sus cuentos de lejanas tierras fascinan. Un domingo, los feligreses de la ermita de San Pedro se arrodillan ante la nueva imagen que aparece colocada en el altar m a y o r Es u n Cristo, maravilla de las maravillas, hombre y divinidad, encarnación de la lucha suprema entre la tierra vil y el cielo mansión de ángeles. Sus carnes retorcidas y expirantes son u n continuo grito de dolor, pero su mirada celestial y sublime u n eterno canto de esperanza Es el Cristo de Montañés, traído por el mouagaillo de San Pedro. No sé y o á quién dar razón en el pleito, si á la historia ó á la leyenda; pero preguntad á las pobres mujeres q u e imploran al Cristo y á los moribundos que se despiden de la t i e r r a pensando en él, si creen en el Académico C. de la historia ó en el pobre monaguillo que redimió en América su legendaria travesura RODRIGO S O R I A N O 24 de Marzo de 189 f DIBUJOS DE MÉNDEZ BRINGA