Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ferian con indignación cómo el travieso mócete les había cosido por las faldas en solemne misa del G- allo, y al sacrist á n maese Pedro, que contaba, entre burlón y malhumorado, cómo u n a vez hubo de expulsar, escoba en mano, al endemoniado monaguillo, porque tras de haber roto- dos narices y tres orejas á los inofensivos santos de la m á s a n t i g u a iglesia de la villa, iba á emprenderla, poseído de iconoclasta furor, contra la cabeza de u n buen San Pedro de dura piedra que, á contar del siglo X I I de la Era Cristiana, dirigía impertérrito sus miradas al cielo desde la hornacina principal de la portada que daba paso á la ermita puesta bajo su santa advocación. La gente de iglesia adentro refe ría más calaveradas del muchacho: decían que d u r a n t e los Oficios imitaba el desagradable maullido del gato, con gran escándalo de los fieles; que por las noches gubia á la torre para espanto de buhos y pajarracos, y que cuando á espaldas del cura no podía subirse al pulpito y enderezar sermones, divertía sus ocios azuzando al gato del sacristán, el cual m u y rápidamente trepaba por las columnas del altar mayor é irreverentemente iba á montarse como ecuestre estatua sobre soberbia águila de oro, regalo de un ye rulero, colocada en el r e t a b o E r a el mócete maestro en embustes, rapavelas, chupacirios y rompecabeías, feriado de la piel del diablo, si es que Satanás tuvo piel Como hasta las cosas grandes tienen su término, y las pequeñas mucho más, la vida errabunda y azarosa del mozalbete lo tuvo, y cuando apenas quedaban santos que destruir en la iglesia, y mientras las barbas de aquellos bienaventurados iban manchándose de orín y enriqueciéndose con parásitos yerbajos, la cara risueña y alegre del monaguillo se cubría de incipiente bozo y su cuerpo tornábase gallardo y recio. Grandes habían sido sus travesuras, pero como era simpático y gozaba fama de honrado, nadie hubiera podido creer en la m á s gorda de las culpas que d u r a n t e su niñez cometiera. ¿Cómo fué? No recuerda la historia detalles, pero es m u y seguro que cierta vez u n ennegrecido cepillo colocado j u n t o al pórtico de San Pedro tentó al muchacho Encerraba m u c h o s maravedises ¡un capital! en gastados cuartejos que la piedad de los fieles habla ido depositando en el arquilla de hierro. Teníalo al alcance de la mano; las cosas de la iglesia, en fuerza de vivir en ella, parecíanle cosas propias, y asi fué que u n día, pensando en el diablo más que en Dios, abrió con u n puñalito el cepillo, y tembloroso, mirando á u n lado y otro, r o b ó l o s cuartos cuando la iglesia se envolvía en sombras y las agonizantes luces del altar parpadeaban en la n e g r u r a Algunos atribuyeron el robo á una cuadrilla de fantásticos ladrones; viejas y niños se asustaron, y brujas y monstruos, escapándose por los bizantinos ventanales en el silencio de la noche, apareciéronse ante los espantados ojos de muchos feligreses. De aquéllo nada se supo en concreto, y el monaguillo sigaió gozando de buena fama. U n día llegó al pueblo unperulero, hidalgo salido de la nada. Traía joyas; venía del otro Mundo, de América ¡América! Por entonces era Jauja. El nombre del nuevo continente llegaba á los pueblos envuelto en las nieblas de la leyenda; traía á la memoria galeones cargados hundiéndose en el mar al peso del oro, reyes pintarrajeados con adornos de plumas y de pieles, animales fantásticos de irisado plumaje, ó monstruos espantosos que devoraban hombres en las tupidas é ilimitadas selvas caldeadas por llameante sol. Los vascongados habían llevado allí su constancia y su poderío: allí J u a n de Garay, con u n puñado de vascos, echaba los cimientos de la hoy floreciente ciudad de Buenos Aires, y más tarde Catalina de Erauso, la famosa Monja Alférez, cubierta de hombrunos arreos, ponía espanto en españoles y en indios Un dia el monaguillo desapareció del pueblo, y sólo el cura supo que había marchado á lo desooaocido, al otro Mundo, á las Américas El Contador de S. M. en u n rico puerto de las Américas españolas cuenta, rodeado de negros y de criados guerreramente vestidos, montones de oro Acaba de llegar u n barco de España; de los primeros en desembarcar es u n vas-