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ro; en medio de él se alza el tabernáenlo sostenido por columnas salomónicas de mármol negro; u n a historiada ciipula dorada se apoya en ellas y sirve de base á una estatua de Cristo resucitado, que parece lanzarse é, la maravillosa bóveda tachonada de rosetones, cuya labor copian los mármoles del suelo. Dos detalles atraen la atención del devoto una vez delante del tabernáculo. El primero esta frase grabada en grandes letras sobre la faja inferior de la cúpula: T vos que me tenéis aquí, ¿qué hacéis por mí? El segundo la estatua orante de u n canónigo que desde el lado de la epístola dirige al Cristo sus ojos sin pupilas. La unión de ambos detalles, al parecer independientes y sin relación alguna entre sí, forma la tradición sagrada del Cristo de la Seo. Corría la noche del 12 de Septiembre de 1631. Tocaban á maitines las campanas de la catedral, y poco á poco entraban en la Seo los canónigos, cambiaban en la sacristía sus negros trajes de calle por las holgadas y purpúreas vestiduras de ceremonial, y entraban en el coro con el leve r u m o r de la oración ea los labios y el levo rozar sobre el suelo de sus holgadas capas de seda. D. Martín de Funes, uno de los m á s sabios y devotos miembros del cabildo, donde ostentaba la dignidad de Penitenciario, fuese á orar ante el Cristo como tenía por costumbre todas las noches, y allí, prosternado ante el Crucifijo, pidióle perdón para sus culpas y consuelo para sus aflicciones. El Cristo de la Seo, con débil voz é imperceptible movimiento de los muertos labios, interrogó al devoto en esta forma: -Y vos que me tenéis aquí, ¿qué hacéis por mí? El débil cuerpo del canónigo doblóse de emoción sobre las rodillas, pero aún halló fuerzas para responder, trémulo, al Santo Cristo: -Señor: bien sabéis vos que son pecados ó ha sido ofenderos lo que yo he hecho. Bedobló el devoto sus oracioups, y con ellas fortalecido marchó al coro, salió de él con sus compañeros una vez terminados los maitines, y nadie supo por el momento la mística conferencia celebrada entre el milagroso Crucifijo y el canónigo F u n e s Llegó éste á ser obispo de Albarracín, y en los descansos de su palacio consignó en u n manuscrito con sentidas palabras el anterior suceso, así como i itras palabras que posteriormente le dijera el Cristo. Sólo á la muerte O ii iio debía abrirse, como así se hizo, el pliego lacrado de sus revelaeior 1 I) s as cuales venía la disposición testamentaria dejando sus bienes p a r a iri. i iM li mra y culto del Santo Cristo, así como para que el cuerpo del testador recibiese sepultura j u n t o á la milagrosa imagen que le había hecho merced de sus milagrosas palabras. El manuscrito del canónigo Funes consérvase intacto en el archivo de la Sede aragonesa; el tabernáculo que hoy cobija al Santo Cristo faé erigido con la manda piadosa dejada por íViC el obispo de Albarracín, y la estatua de éste de mármol blan co que hoy se admira frente al altar, eterniza la piadosa y sencilla tradición del Cristo de la Seo. i fca. Los milagros posteriormente obrados por el Santo Cristo de la Seo, y especialmente la benéfica y a b u n d a n t e lluvia que siguió á las memorables sequías de 1703 y 1803 apenas fué sacado en procesión solemne el Crucifijo, hicieron recordar á los zaragozanos las palabras pronunciadas por el canónigo P u n e s que algún día habla de ser sonado y m u y renombrado el Santo Cristo de la catedral. LUIS ROYO VILLANOVA D i B ü j r s DK H U E R T A S