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r? Hacía diez minutos que la inedia de las siete había sonado en la iglesia de San Justo, cuando hizo saltar al guardia del lecho el un poco tardío aviso do que sólo le quedaba el contado espacio para llegar á tiempo al Eeal Alcázar. En menos que se dice volvió á. engalanar su cuerpo el airoso uniforme, y contentándose con m u r m u r a r u n cariñoso tvolveré á que por cierto contestó u n a sonrisa en que no había poco de burlona incredulidad, salió á la calle con el propósito de p l a n t a r s e de dos zancadas en Palacio. Sin embargo, no había hecho más que atravesar la de Segovia para internarse á las que llevan tortuosamente á la del Sacramento, cuando de pronto se paró en firme. En la precipitación había olvidado ceñirse el espadín, que recordaba perfectamente haber dejado en el rincón de la alcoba. ¿Qué hacer? Presentarse en la guardia sin prenda t a n importante, valia tanto como faltar á ella. Exponerse á perder aquel arma, que estimaba todavía más que por su valor por ser preciado recuerdo de familia, era peor que sufrir unos días de arresto. La vacilación fué breve. Besuelto á que pasara lo que quisiera, volvió pies atrás para deshacer el camino andado. L a calle le era perfectamente conocida; la casa no podía confundirse con otra. Ei balcón, la ancha puerta ligeramente cintrada, la fachada enjabelgada de u n azul claro lleno de desconchados, no hubiera dado lugar á equivocarle, a u n q u e lo que no sucedía, hubiera en la calle alguna semeiante á ella. El guardia dejó caer pesadam. ente el aldabón sobre la puerta, pero transcurrieron algunos minutos sin que nadie baj ara á abrir. ¡Es raro! pensó el galán, sacudiendo ya con verdadera rabia la aldaba. Y tal fué el espantoso estrépito que produjo, que y a que no la misteriosa puerta, se abrió la de otro zaquizamí ontiguo, dejando ver en la calle la m e n g u a d a figura de u n viejeciUo, en el que el mandil de cuero y el tirapié que llevaba en la mano delataba á voces su oficio de zapatero remendón. -Dispense el caballero guardia, m u r m u r ó ajustando á su nariz los espejuelos; pero repare bien en que se ha equivocado, y en que así se esté llamando hasta el fin de sus días, nadie le abrirá. -Pups yo le j u r o que han de abrirme, a u n q u e para lograrlo tenga que echar la casa abajo. Ahí he pasado la noche, y dentro me he dejado una prenda que estimo en tanto, que así me fnera la vida en ello no he de irme sin recuperar. El zapatero lanzó t a n incrédula carcajada, que el guardia de Corps, entre desconcertado é iracundo, le preguntó: -íQué quiere decir esa risa? -Que así es fácil que vuesamerced haya pasado ahí la noche como que á mí me den la mitra de Toledo. Diez años hace que esa casa está deshabitada, y de tal fama goza de ser albergue de duendes y trasgos, que en obscureciendo, ni por todo el oro del mundo habría cristiano que traspasara sus umbrales. El guardia se pasó la m a n o por los ojos, como queriendo despertar de una pesadilla; volvió á reconocer la casa, y dijo con seguridad: ¡Por Dios vivo j u r o que a ú n no hace veinte minutos que he salido de ahí! El zapatero movió la cabeza, como compadecido del trastorno mental de su interlocutor, y m u r m u r ó oficiosamente: -Si vuesamerced quiere convencerse de su error, nada es más fácil. E n mi poder están las llaves. Yo mismo le abriré. Y sin aguardar respuesta se metió en su cuchitril, de donde salió á poco para abrir, no sin trabajo, la herrumbrosa y enmohecí la puerta. El zaguán era el mismo. El guardia, sin vacilar, subió la breve y empinada escalera. Como la otra vez, la puerta de las habitacione- estaba entornada, y por ella entró á aquella sala que á él se le antojó de noche hasta bien amueblada, y en que ahora no se velan otros adornos que los amplios pabellones que con sus telas habían formado las arañas. La otra estancia, aquella en que había cenado, tenía las mismas señas de desamparo y suciedad; pero tampoco le ofrecía duda alguna. Pálido, demudado, vacilante, se dirigió á la alcoba. Sólo polvo, 6 16 polvo que tapiza los hogares que por largo tiempo no pisó planta alguna, lo cubría todo. E n la pieza no había lecho, n i mueble alguno; pero en el rincón, en el mismo rincón, flamante, intacto, como acabado de colocar allí, brillaba el espadín, á cuya bruñida empuñadura se enroscaba la bandolera á cuadros azul y plata. El zapatero, crispados los escasos cabellos por el espanto, le tuvo que sacar de la casa privado de conocimiento. Aquel mismo día el apuesto guardia, que no vio en tai prodigio más que un aviso del cielo invitándole á apartarse de su vida de disipación y de escándalo, solicitó de S. M. la real licencia para dejar la carrera de las armas y consagrarse á Dios, cambiando el vistoso uniforme por el tosco sayal de San Francisco. Antes de llegar á las puertas del convento en demanda de u n puesto de novicio, se dirigió á la iglesia de San Sebastián, donde después de hacer confesión de sus pecados, colocó como exvoto el espadín en la Capilla del Cristo d é l a Fe, patrono del Beal Cuerpo de Guardias de Corps, y sagrada imagen á quien aun sn las horas de mayor extravío había conservado particular devoción. Todavía en los últimos años de la primera mitad de este siglo llamaba la atención de los fieles la bandolera á cuadros azul y plata, que el ti impo había ido destiñeudo poco á poco y de la que pendía el espadín, dando claro testimonio de la fidelidad de esta historia, que después de todo no he sido el primero en referir. DIBÜJOB DB A I i B B S T I ÁNGEL R CHAVES