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AJ. j i, xiv. iui j, i u a- -i V as Eeales Personas; lo primero que vio fué que por aquella vez no habían mentido las sombras. Si hermosa le pareció la hembra vista á distancia, contemplada de cérea y á la luz del velón de cuatro mecheros que llevaha en la mano, aún se le antojó mei orada en tercio y quinto. Después subió la breve pero empicada escalerá, empujó otra puerta que se había dejado entornada, y como si la a v e n t u r a tomara todos los colores de cuento de hadas, apenas cruzó, guiado por la misteriosa beldad, u n a sala más que medianamente atalajada, dióse de manos á boca con u n a mesa en la que en torno de u n a sabrosa cena había dispuestos dos cubiertos, ni más ni menos que si su llegada fuera cosa con que con antelación se contaba y por segura se tenía. Que el obspíjiiiado, como hombre qu era poco preocupado y hecho á misteriosos lances, hizo honor á los bui n. s manjares 3 todavía mejores vinos, y más que á unos y á otros á la que, por no haber al parecer otra persona en) a casa, le acompañaba y servia al mismo tiempo, no hay para qué decirlo. Baste a p u n t a r como dato que con tal brevedad corrieron las horas, que al terminarse la cena, por ser hora y a muy avanzada, resignóse gustoso nuestro guardia á pasar la noche en el t a n grato como inopinado albergue que su buena fortuna le deparaba. Eso si, como fiel cumplidor de sus deberes militares, m i e n t r a s desabrochada y a) a casaca colocaba en uno de los rincones de la alcoba en que se disponía á acostarse el espadín, á cuyo guardamano había arrollado la bandolera á cuadros, no olvidó de decir á. la hospitalaria beldad: -No olvides que m a ñ a n a á las ocho entro de guardia en Palacio. Si me duermo, cuida de despertarme con tiempo.