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EL CRISTO DE LOS GUARDIAS TRADICIÓN MADKILENA la mano izquierda, entrando en la iglesia parroquial de San Sebastián de esta corte por ia puerta de la palle de Atocha, la primer capilla que se encuentra es ía consagrada al culto de u n a imagen del Hedentor CrUi ilioado, que aunque se adora ron la advocación de la Fe, m á s la conoce y la conoció siempre el pueblo de Madrid por la del Cristo de los Guardias, por haber tenido su patronato el Eeal y extinguido Cuerpo de los de Corps. Mis escasos conocimientos en las artes escultóricas y de i m a g i n e i l a no me permiten entrar en disquisiciones acerca del mérito y antigüedad de una efigie que, ousf odiada hoy por los alabarderos de las Keales Personas, f igue formando parte de la procesión del Santo Entierro. A mis gustos conviene más la leyenda, y lo que me propongo aqui es narrar, si no l á m e n o s conocida, la que tengo por más característica de cuantas la piedad madrileña atribuye al Cristo de los Guardias. II Debió ser no muchos, pero si algunos años antes de que aquel obscuro hidalguillo conocido después en la historia por el tris teniente célebre nombró de D. Manuel Godoy viniera á la corte desde su casa solar de Extremadura á pretender u n a bandolera de guardia de Corps, cuando ruidosa fama por su humor pendenciero y su condición enamoradiza tenía no sólo en el real y distinguido Cuerpo, sino en Madrid entero, cierto mozo galán como pocos y osado como n i n g u n o que servia en la Compañía española. De haber nacido en los tiempos del primero de los Carlos que ocuparon el trono de España, en vez de haber venido al mundo en los del tercer rey de los de dicho nombre, seguro es que no se devanaran ahora los sesos críticos y arqueólogos por saber si realidad efectiva tuvo el legendario tipo del Tenorio; pero aún así y todo, parecido tan grande tenía con el Burlador de Sevilla, que más de una de las aventuras colgadas á éste por poetas y romanceros dejaran en pañales á las menos poéticas pero más comprobadas de aquel Don J u a n de sombrero apuntado, casaca de vueltas grana y bandolera azul y plata, que pasaba, no sin méritos para ello, por la figura más gallarda de tropa que, al decir de las gentes, miraba todavía con mejores ojos que al bondadoso Carlos IV su n o menos bondadosa cónyuge María Luisa. Arrestos impuestos por sus jefes, admoniciones del mismo soberano y piadosas advertencias de calificados Padres de diversas órdenes monásticas, no habían logrado apartar al arriscado mancebo de u n a vida de disipación más fecunda de lo que á las buenas costumbres conviniera en travesuras, en algunas de las que, si no había metido su nariz el Santo Oficio, más que por falta de materia para ello se debía al seguro del unifornae en unos tiempos en que ya iba de capa caída el antes omnímodo poder inquisitorial. E n abono del guardia hemos de consignar, sin embargo, por ser este dato importante para conocer su natural, que si sus escándalos contravenían siempre ó casi siempre las leyes inflexibles y absolutas de la m o r a l jamás desdoraba en lo más mínimo las más laxas y convencionales de u n honor que él entendía del modo puntilloso y un poco alambicado de los galanes de Lope, Tirso, Calderón y Boj as. III Días hacía, allá por uno de los fines de invierno de cierto año que no he podido comprobar con certeza, que andaba nuestro héroe tan deshumorado y avieso, que no faltaba quien achacara su ausencia, lo mismo de los más empingorotados saraos que de los más plebeyos bailes de candil y nauseabundos garitos, á algún empeño amoroso que por de mayor fuste que los corrientes le hacía huir de toda mirada y retraerse de todo trato. P e r o que no debía ser esto, pndía con toda certidumbre asegurarlo quien le hubiera visto á las difz d é l a noche, hora si bien para aquellos tiempos avanzada, para sus costumbres temprana en demasía, t o m a r derecho rumbo hacia su posada, escogida, por distar poco de Palacio, en la irregular plazoleta a que daba nombre el recién derruido Pretil de Santisteban. Ñ i lo obscuro de la noche, n i la solpdad de la intrincada red de callejas por que, viniendo como venía de la p a r t e de la plaza de la Cebada, tenia que cruzar, le habían hecho adoptar precaución alguna, cuando al internarse en una de las que arrancando del Arco de San Andrés corren en dirección á los Caños Viejos de San Pedro, una tosecilla fresca y con barruntos de disimulada seña que sonaba sobre su cabeza le hizo levantar ésta para fijar los ojos en una casa de las construidas á la malicia, de uno de cuyos balcones se escapaba la bastante luz para distinguir á la persona que de tal modo había distraído de sus pensamientos al guardia. El ser ésta mujer y de perpgrina hermosura, á lo que dejaba ver la claridad antes mentada, bastó para que galán t a n blando de entrañas detuviera el paso; y como ni la plaza parecía m u y fuerte, ni al sitiador le intimidaban asedios de otras mejor amparadas y guarnecidas, no transcurrió largo espacio de plática del balcón á la calle sin que acabara por abrirse l a puerta, de l a casa á la malicia.