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-Pablo, exclamó el ahidido: ¡que siempre has de ser asi! A fe, á fe que si el Maestro llega á columbrar esos asomos de incredulidad, ha de entibiarse el gran cariño que te profesa. ¿Llamas tú ser incrédulo á no ser blando? No todos hemos de tener el espíritu hecho de alfeñique. Quede eso para las mujeres. Además, ¿no sabemos tú y yo que toda esa hermosura del Crucifijo es obra humana, aunque divinas merezcan llamarse las que salen de las maravillosas manos del Maestro? Para los que en el secreto estíunos... ¡El señor Juan! dijo en voz baja uno de los ióvenes al oir los pasos de Martínez Montañés, que se acercaba. Y quedó cortada la conversación. II Caía la tarde. En la iglesia de Nuestra Señora de Consolación, del convento de los Religiosos Terceros, éstos esperaban, á puerta abierta, que Martínez Montañés llevase la notabilísima escultura. En el retablo de uno de los altares estaba preparada la nueva y más costosa Cruz con sus brazos extendidos, como ansiosa de recibir en ellos la sagrada imagen del Redentor. Junto al altar se había construido un andamio para facilitar la subida y colocación de la efigie. El Maestro no se hizo esperar. Acompañábanle tres de sus discípulos, Pablo entre ellos, y dos mozos que conducían cuidadosamente, cubierta con negro paño, la admirable obra. Contempláronla entusiasmados los religiosos, haciéndose lenguas en su elogio y en alabanza del artista. Eran, de cierto, muy de admirar aquel cuerpo naturalmente caído; aquellos músculos dilatados por una agonía dolorosa y lenta; aquel bellísimo rostro de expresión melancólica; aquellos ojos casi cerrados, de mirada dulcísima; aquella boca entreabierta, por la que parecía escaparse suavemente y sin esfuerzo el postrer hálito de vida con la última palabra de perdón Pero no había tiempo que perder: la claridad que entraba por la puerta y por las vidrieras era de instante en instante más escasa, y para suplirla no podían bastar las luces que se encendieran en los altares. Subieron al andamio los mozos y en él recibieron la efigie, auxiliándoles desde abajo Martínez Montañés y sus discípulos. Para fijarla en el madero eran menester manos peritas, y el Maestro quiso ocupar en ello las suyas propias. Pablo no lo consintió, y subió ligeramente al tablado provisto de las herramientas necesarias. Había, por de pronto, que enderezar la imagen, que medio tendida sostenían los mozos, y Pablo, para tomarla por debajo de los brazos, apoyó sobre su pecho la cabeza del Redentor. Y como tuviese que hacer uso de todas sus fuerzas, cruzó por su mente este impío pensamiento: ¡Señor, si mucho os pesé, en verdad que no poco me pesáis! Un agudo grito siguió inmediatamente á esta exclamación mental. Pablo, perdidos el color y el conocimiento, se desasió del Cristo, llevóse las manos al pecho, y hubiera caído del andamio á no sostenerle uno de los mozos, mientras el Maestro y los otros discípulos acudían á prestarle auxilio y á bajarle al suelo. Nadie se explicaba lo que había sucedido. Todos los concurrentes rodearon á Pablo, y Martínez Montañés, viendo que con ambas manos se apretaba el lado izquierdo del pecho y que en ellas y en las ropas tenía sangre, abrióle éstas, en tanto que Pablo volvía en sí. ¡Estás herido! exclamó el Maestro con angustia. ¡Estoy herido de amor! respondió con voz desfallecida el discípulo. Y añadió incorporándose un poco y contemplando como en éxtasis la veneranda imagen del Redentor: ¡Bien hayan esta sangre y este llanto, que á ellos, Señor, deberé por vuestra infinita misericordia el perdón de mis culpas! ¡Bien haya esa espina sacratísima con que punzasteis este empedernido corazón, que desde hoy será todo vuestro! ¡Dulzura de mieles siento en el pecho, pues parece que con la aguda espina me ha entrado en él un rayo de vuestra gloria! ¡Vuestro, vuestro quiero ser toda mi vida, y después toda la eternidad, bondadosísimo Señor mío! Martínez Montañés, los frailes, cuantos escuchaban estas palabras, estaban asombrados del prodigio. Y allá en el altar, la imagen del Redentor, medio bañado el hermoso rostro por la débil claridad del crepúsculo, parecía sonreír dulcemente y tender los amorosos brazos al herido como á descarriada oveja vuelta tan á tiempo al redil del Buen Pastor. FRANCISCO R O D K Í G U E Z DIBUJOS DE GONZALO BILBAO MARÍN