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ofrecióle seis castillos, mil caraellos de la Nubla, cadenas de oro finísimo, cien mil dineros de plata y dos mil robles del Líbano. Escuchábales el viejo con placer tan infinito, que el alma tenía absorta cautivada en sus oídos, los largos dedos en garfio, los ojos en tierra fijos, la voluntad perezosa y el pensamiento indeciso; mas de pronto Aliatar, joven resuelto y altivo, puesta la mano en su gumia, con voz rencorosa dijo: para matarle allí mismo; pero Aliatar su brazo descargó en él con tal brío, que de bruces cayó el viejo, quedando en la frente herido. Todos contra Aliatar se lanzaron dando gritos, mientras que Alí, por erguirse, buscando en el muro auxilio, asió con nerviosa mano aquel resorte escondido, que abrió la estancia, mostrando la imagen de Jesucristo. ¡Tú eroa cristiano! gritaron i m y 5 A f fW- -Siento vergüenza de veros y- repugnancia de oíros, y estoy, de no daros muerte, asombrado de mí mismo. No sufro que á la mujer por quien amante suspiro la taséis, cual prenda vil, en justiprecios indignos. Primero que con riquezas, con la espada apercibios, que aquel que pretenda á Lot habrá de luchar conmigo. -Todos callaron. El viejo alzóse temblando y lívido de ver en tan breve espacio sus sueños desvanecidos, y miró al joven, de suerte que reveló su designio de tenderle una celada indignados los rabinos, anhelosos de vengarse de aquel viejo fementido; pero Alí, ciego de cólera, y queriendo á un tiempo mismo vindicarse plenamente á la faz de los testigos y desahogar su rabia con algún desmán sacrilego, escupió á la santa imagen y en su pecho hundió el cuchillo; pero al apartar el hierro que hería el pecho divino, brotó en abundancia sangre que manchó el rostro al judío, cicatrizando la herida que al rodar por tierra se hizo. Asombrados y confusos por tan extraño prodigio.