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mientras yo quemo este buruyo de lana, á ver si vuelve en sí. Hicieron cuanto el tío Martín dispuso, y al poco rato la enferma recobró el sentido, toda descoyuntada y con grandísimo desatino de oabezaj Aunque el mar se había serenado ya, ella no cesaba de escuchar en sus oídos el hervir de las olas y los aletazos del viento. El señor cura y algunos feligreses que volvían de la iglesia iban entrando en casa de María Cruz. No faltó el Turrión, y al verle delante de sí la viuda de Jaeobo, le dirigió con la mirada una pregunta fiera. Dios le haiga i- se contentó coa mu Turrión, m. írandc al suelo y disfrazando así de piedad pues vieron todos que no era un hombre el que hallaron los marineros, sino una imagen de Jesús Crucificado, á cuyos pies cayó abrazada María Cruz, lanzando un horrendo alarido. III La iglesia estaba llena de luz y de vahos de incienso. Multitud de cirios ardían delante del Cristo hallado milagrosamente en el mar; era un Cristo muerto, tallado probablemente dos siglos antes, en el si- su habitual sangrí fría. En esto una mu jer entró, sin resu lio apenas para ha blar, y entre susp ro y suspiro refiric cómo creían habej oído mar adentre voces muy angus tiosas de ¡socorro! í y que algunos ma í rineros desatraca ban ya sus lanchaí para ir en auxilie de quien fuese e que lo pedía. El Turrión pali deció. Como en un rapto de locura, se arrojó María Cruz de la cama en que la habían acostado sin desnudarla, y salieron todos atropelladamente hacia eí lugar del suceso. La noche estaba obscura. Se aseguraba ya que las voces habían sonado hacia el Peñado, y allí miraron todos y vieron flotando en la soledad del mar una luceoilla que centelleaba en el espejo de las densas aguas; y mientras tres botes se hundían veloces en la sombra al firme empuje de los remos, la gente de la playa, aprovechando la bajamar, se fué al Peñedo bordeando la costa por los peñascales. Cuando llegaban, oyeron gritar á los de los botes: fUn hombre muertol ¡Aquí, aquí! El Tarrión sintió en su alma un placer infame. Des- limpieza de alma, decía el secerdote, para no ser castigados de Dios. Con la oración y buenas obras merecisteis que el Señor hiciese á este lugar una tan señalada merced, siendo pronóstico de oti- as nuevas; en lo cual se da á entender cuanto va en quedos pueblos sean buenos cristianos. Y es un aviso maravilloso para que traigamos en nuestra memoria é imaginación á Jesucristo; y si con esto desea el alma imitar en lo que Jesucristo es imitable, ansí como en la paciencia, en la humildad, en la pobreza, es un medio eficacísimo para que sin entenderlo os halléis con oración muy subida. Deste medio se h. an px- ivado los desventurados herejes quitando las imágenes, como quitaron ésta para echarla al mar.