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EL CRISTO DE CANDAS LEYENDA PIADOSA I ÚN venían las olas como rebaños de fieras, de allá del horizonte hosco y plomizo, á estrellarse bramando con estruendo en los peñascales de la costa, y rompían sobre ellos, arrojando nubes de espuma al aire. Gruesas gotas de lluvia chascaban al caer en el arenal do la playa, y á los recios tirones del Nordeste cabeceaban los lanchones amarrados en la orilla, y bajaban al ras del agua el vuelo las gaviotas. Cuesta arriba, camino de la iglesia, iban en procesión las náufragos, cuyos cabellos y ropas destilaban todavía el agua salitrosa del mar. Unos, con los brazos en cruz, s u b í a n arrastrándose de hinojos; sobre el pecho de otros se veía el húmedo y grasiento escapulario de la Virgen, que les había socorrido en el supremo instante; alguno llevaba en ofrenda la maroma á que se agarró en las ansias de la muerte, y todos iban cantando la dulcísima plegaria Ave, Maris Stella. Mujeres harapientas y pálidas subían con ellos; las madres, arrastrando por la mano á inocentes criaturas que aún llevaban en su rostro de ángel la huella del terror. María Cruz quiso ir también á la iglesia. Én vano intentaron disuadirla de su empeño la Carpía j Mariana, dos buenas mujeres vecinas suyas que se esforzaban en buscar consuelos á su pena, y el tío Martín, viejo patrón de barco, á quien el llanto caía por dentro escaldándole las entrañas, y lloraba así la muerte de Jacobo tanto como María Cruz, su propia mujer. Esta, al enterarse de que su marido se había ahogado, sufrió de una manera tan horrible, que en breves naomentos sus fuerzas se agotaron en mortal angustia, é inútilmente luchaba con su flaqueza para moverse de donde la había clavado el dolor; y al punto en que, cantando la Salve, se pusieron en marcha los marineros, una violenta contracción nerviosa sa cudió el cuerpo de María Cruz, que cayó en el arenal rígida como un cadáver. Dos lágrimas calientes, sur cando el rostro desfigurado por la demacración pecu- liar que imprime la epilepsia, eran los únicos signos de vida en aquel cuerpo. Recogiéronlo la Carpía, el patrón y Mariona, piadosamente conmovidos; muy cerca de la playa estaba la casa de María Cruz, y allí la llevaron para confortarla. Cuando llegaban aljiortalón, un golpe de viento tempestuoso les empujó, y eatraron. II -Dígote que ese rapaz ye artero y con más vueltas que un zorro, y ansí Dios me salve si non pienso del lo que te dixe. Porque ¿quiés decime en qué mollera cabe que cortejando como cortejó el Turrión á María Cruz, y ella echarle pa tras todos los días hasta que maridó con Jacobo, diba el Turrión á dar por una higa todo lo pasao, y á ser uña y carne con Jacobo, y á metérselo en el alma con b u e n a idea? Non lo pienses, Mariona; él se las tenía juradas para escontra sí, y hoy fizo la suya, y sin que naide le sospeche en aquella cara de zamarrón toda la podre que lleva en su alma. -Algo sospechoso sí lo es, non digo yo menos, el que Jacobo se afogara solo y naide lo viera nin lo oyera más que el Turrión, que vive y lo cuenta entovía; pos cuando el Turrión dio voces en su barca y fizo señas á Román y los suyos para que le amparasen, ¡diz que ya era con Dios el probé! -Bien se lo maliciaba María Cruz, y non paraba de porfiar al su Jacobo, que yera como el buen pan, para desepararlo dése Turrión de los diablos, más malo que los mismos. -Y bien despachado pa volver con carantoñas á María Cruz ¡Que non haiga un rayo del cielo que faga jostioia en él, ya que en el mundo non paez haberla! ¿Qué ye, tío Martín, que ansina calla? ¿Non reza con nosotras? El tío Martín, que andaba muy preocupado, dejó de pasearse, y dijo mientras atizaba la mecha del candil, pendiente de una viga: ¡Parlerucas! Mejor fuera que con otros trapos mojados en vino atendieseis á los pulsos de María Cruz,