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Abandonamos ¡a fábrica á tiempo que nos dijo el amigo que nos acompañaba: -Si quieren ustedes ver un espectáculo curioso, aguardemos algunos minutos, pues es la hora en q u e salen los obreros á comer. U n a lluvia menuda abrillantaba los verdes lampazos de la vega, y las hojas de los árboles, de tonos verdinegros, humedecidas temblaban en las ramas. A poco tiempo de esperar vimos venir hacia la fábrica y en todas direcciones u n verdadero ejército de mujeres y de niñas. Caminaban con bastante priesa, como quien no desea llegar tarde y- teme perder u n solo m i n u t o Sabido es que los obreros no tienen durante el día más que tres cuartos de hora de descanso para comer y para solazarse. Aquella erupción de faldas y de pañuelos, de cestas y de t a r t e r a s de cacerolas y de botellas era de lo más raro y extraño que darse puede. Sonó la campana de la íábriea, y en menos de lo que se tarda en decirlo se confandieron hombres y mujeres, n i ñ a s y ancianas. De pronto aquel prado húmedo se convirtió en improvisada j o m e r i a El brazo forjador iba á descansar tres cuartos de hora, impuláado por la lucha por la existencia. Formáronse numerosos y distintos grupos, y sin parar mientes en el a g u a que caía destaparon los pucheros, que lanzaron á la atmósfera u n vaho caliente y reparador. Así como antes no se oía más que el ruido del martillo sobre el y u n q u e ahora no se escuchaba más q u e el ruido de las cucharas al chocar con las fuentes. Entre aquellos grupos divisé al hombre alto y hercúleo que vestía blu a y pantalón negros, y q u e acompañado da u n a niña comía el pan nuestro de cada día. Í Í V jM i -l l i r e usted, n, o dijo ol q u e me acompañaba, e, p bre hombre hace poco tiempo que ha jjerdido á su mujer; no le queda más que esa niña, y ella, ¡el angelito! le ayuda en las faenas de la. casa. La m u c h a c h a apenas habría cumplido diez años. T u r e curiosidad y. m é acerqué al grupo. La niña lo notó, y ¡al fin mujer! dejó con cierto rubor la cuchara, se arregló las falditas negras y los cabellos rubios y bajó los ojos con u n a dulzura inexplicable. El hombre, si nos vio, no hizo aprecio de nosotros. Y entonces comprendí que vale la pena de estar forjando armas para la muerte todo un dfa, á cambio de fres cuartos de hora de felicidad. MANUEC. P A S O DIBUJOS DK K S T E V A- N