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LOS FORJADORES DE ARMAS P a r a los que tenemos la desgracia de que nos aquejen enfermedades crónicas en el espíritu, Toledo es algo así como u n balneario artístico que nos puriíica y nos sana de las menguadas ideas que formamos en el trajín diario de la vida. Tranquilícese el lector, pues no pienso caer en el mezquino propósito de describir á la imperial ciudad. Todos la conocemos, y harto sabido tenemos el n ú m e r o de inapreciables joyas, gala y ornatos de la E o m a española. Digo que suelen á veces asaltarme extrañas añoranzas, mezcla de tristeza sin motivo y de deseos y aspiraciones sin fundamento; y del mismo modo que los mozuelos calaveras que derrochan durante el invierno salud y energías van á buscar en verano á playas y á balnearios reparaciones á las fuerzas perdidas, asi suele aconteeerle á mi espíritu endeble, que necesita bañarse y fortalecerse en los resplandores suaves y purísimos del arte. La contemplación de la silúeía artística de u n guardapolvo carcomido, la linea esbelta de u n a arcada gótica ó la tracería elegante de las construcciones árabes, recrean el ánimo y hacen olvidar la linea recta, esa linea que nos lleva m á s prontamente y con más derechura al hastio. No llevo á mal que haya mucha gente que no guste de esta inocente distracción, pero es el caso que suelo hallar en ello placer, y de cuando en cuando voy á Toledo, ciudad que encuentro cada vez más nueva para mis investigaciones. Declaro con rubor que cuantas veces he estado en Toledo (y eso que han sido muchas) no sentí nunca n i aun curiosidad por visitar la fábrica de armas. Bien fuera porque el arte asumía todas las solicitaciones de mi voluntad, ó bien fuera porque de mecánica no entiendo n i mucho n i poco, es lo cierto que cuantas veces estuve volví á Madrid sin conocer aquella fábrica, honra y gloria del Ejército español. No hace mucho tiempo volvía acompañado de u n amigo que llevaba como principal objeto de la excursión el propósito de visitar la fábrica. Después que inicié á mi amigo en el conocimiento de tanta maravilla histórica, convinimos en que á la mañana siguiente, acompañados por otro amigo do la población, visitaríamos la fábrica, para lo cual y de antemano estaban vencidas todas las dificultades. Amenazados por u n cielo nublado y tormentoso y por vientos húmedos de tempestad, descendimos por la puerta de Yisagra, y á poco rato de andar nos encontramos en la Vega. Enfrente teníamos la incomparable silueta de la ciudad del arte, con sus torres mudejares y góticas, sus artísticos tejados, sus murallas y sus fortalezas, sus puertas de granito y sus cruces de hierro. Visitamos todos los talleres d é l a fábrica, y honradamente declaro que me maravilló ver cómo se forjan las espadas, cómo se pulimentan y acicalan los cuchillos, cómo se templan los aceros toledanos. ¡Ni u n a palabra, n i u n vago rumor! Aceros e n c e n d i d o s como la espada de fuego de los Arcángeles, martillazos sobre e r y u n q u e ruido sordo de poleas, limas de hierro que se quejan, fraguas que v o m i t a n fuego, y ruedas de pedernal que giran, arraneando á la espada u n a chispa de luz, para devolverle en cambio el filo reluciente; ¡inmenso armatoste de acero padre, generador de la muerte y de la gloria! Visitamos, como digo, todos los talleres, y vimos los nuevos cuchillos que han de a r m a r el brazo victorioso de nuestros héroes de Cuba, que mueren y vencen por España. Los obreros apenas hicieron aprecio de nosotros, continuando su faena sin levantar siquiera la cabeza para conocer quiénes eran los curiosos. Fijéme en uno de ellos, y era alto y hercúleo; vestía blusa y pantalón negros, y trabajaba con gran actividad. Los forjadores de armas proseguían en silencio stis faenas, silencio solamente interrumpido por el gemir d é l a s espadas Ó el crujir de los martillos.