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y PradiUa, y Plasencia, y Domiognez, y Ferrant, y G- easa, y Amérigo, y Luis Alvarez, y Suñol, acudieron con SUS pinceles á las suntuosas estancias, en cuyos teclios dejaron muestras indelebles de su genial inspiración. Entretanto, en la fábrica de los Gobelinos se tejían magníficos tapices para las paredes de algunos salones; en nuestra Real Fábrica de Tapices se daba la última mano á la alfombra carmesí de la monumental escalera y á las alfombras de los demás salones de los pisos bajo y principal, mientras el pavimento del segundo piso se cubría con tapices de Aubussón; en Lyon se confeccionaban telas bellísimas que recordaban en sus tonos y dibujos las de las estancias versallesas; el herraje de puertas y ventanas se labraba con el primor de una joya; los mármoles y los jaspes, después de completar el decorado de la escalera, cubrían de alto á bajo las paredes de la galería del piso principa cuj- o techo esde mosaico; los muebles se fabricaban ad hoc en los mejores talleres, y se iban dibujando fn algunas piezas, desde el estilo deslumbrador y suntuoso del Renacimiento que domina en el salón de baile, en donde el oro ciega, hasta las coquet o n a s elegancias del TrianoD, de aquel diminuto palacio en que transcurrieron las horas más dichosas d Ja infortunada María Antonieta. E l público se hacía lenguas de las maravillas artísticas acumuladas dentro de los muros del magnífico p a l a c i o de L i n a r e s nombre con el que ahora se le designa, por ser el título principal de sus ilustres d u e ñ o s -q u e llevan además el de vizcondes de Llanteno; pero nadie había atravesado sus umbrales, aunque se susurraba que muy pronto sé abrirían sus puertas para la sociedad madrileña. La expectación era, pues, muy grande cuando los marqueses de Linares lanzaron sus invitaciones, y todos sus amigos, en número crecidísimo, apresuráronse para acudir á la cita, que era á las cinco de la tarde. La realidad sobrepujó á las esperanzas. La concurrencia, subyugada desde el primer momento por la grandiosidad de aquella escalera monumental, lo mejor de toda la cas i, no sabía qué admirar máf, si el primor con que estaba labrada aquella barandilla de mármol de Carrara, ó la esbeltez de aquellas estatuas de bronce que en diferentes y gallardas posturas sostenían magníficos candelabros, ó la armonía y majestad de todas las líneas, ó el brillante coloi ido de los cuatro panneáux en que Domínguez, al reproducir las Bellas Arfes, derrochó el colorido de su admirable paleta.