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LA PARTIDA DE AJEDREZ ¿Qaiéa puede saber en qué entraña, en qué hilillo ó haz de filamentos vivos, en qué telillas del corazón, en qué repliegues del cerebro a y e d r a la vanidad? Esto se deoia lleno de tímidos afanes el joven ministro militar principe Enrique Wesler, que esperaba en el salón de las arañas el honor de j u g a r con el emperador una partida de ajedrez. A p u r o de ingenio, gimnástica del gallardo deleite de espíritus nobles, t a l recreo del buen discurso n o es pasatiempo propio para ser compartido con hombres que, por su mal, se hallen dispuestos á abatirse humillados ó protestar iracundos. Ensayo de ias más exquisitas y delicadas cualidades del alma, examen de templanza y de justicia, es u n a lucha por festejo en la cual prestamente se revelan las impaciencias del corazón, los arrebatos del carácter, ó se muestra graciosamente la cortesía; el sereno juicio y el afinado gusto. Temible era eu dicho juego la fiereza brava, la dura soberbia del emperador. Ya los psjes habían colocado el taburete de terciopelo con braceros de palo santo preciosamente tallado donde habia de sentarse el pi- incipe, y el sillón dorado del emperaá W r J M B W B W J y- r á V í i f b V V ¿V m S dor, ante la mesa de me do aiy Wcei MMBBy- ir I K I K ágata sobre apoyos de oro I ta, las de marfil y las d e n n a madera, pues el emperador gustaba de escoger á capricho las a u e por éste le fue. r a n antojo. P a s e a t a el príncipe su vista por los magnificos ret r a t o s tapices y riquezas del salón, como por extrañ o gusto del ánimo suele el hombre contemplar los logares en los cuales yá. espera por gloria ó por martirio que ha de acaeoerle a l g u n a aventura de las que hacen época en la vida. Llegó en esto el emperador seguido de sus cortesanos. E r a hombre maduro, más viejo tal vez de lo que por su engreimiento y altivo donaire parecía. ¿Me esoerábais, querido príncipe? dijo el señor. -Señor, aguardo las órdenes de V. M. siempre. ¿Según eso, no temes el reto? -Pur Egradar á mi emperador he vencido mil veces el miedo. ¡Ah! ¡Tr. -iición! Por lo visto te dispones á hacer que se piense luego que estabas dispuesto á ser vencido y a antes de empezarse la partida De todos modos, saldré honrado por haber compartido con V. M. u n a partida de ajedrez. -Sois m i huésped, y os doy los negros. No olvidéis que el j u e g o nos iguala, dijo el emperador sentándose anle la mesita de j u e g o y frente á. frente del príncipe. Tenia el emperador á su espalda y á derecha é izquierda á sus cortesanos znm t ando lisonjas. I b a á comenzar la partida. -Tememos por el principe, dijo u n caballero de llave de oro. -S. M. es u n diestrísimo jugador, añadió un gentilhombre, perfumador vivo de lisonjas. V- -i Bien preparada tendrá y a en su talentazo la partida! agregó otro quitamanchas. Y asi, de continuo, sahumaban do adulaciones aquéllos allí al emperador, pegajosos como las moscas á dedada de almíbar ó á celdilla de panal. ¿De cuáles nos valdremos? ¿de mis soldadas de plata? ¿de mis tropas de marfil? ¿pondré las de madera? No sé cuáles me será. n, más fieles y valerosas, decía con buen humor S. M. Y colocó las lindas figuritas de madera. ¡Temible sería, pensó el príncipe, que jugases, como de costumbre, con las de carne! 9 II Ya puestos ea la prim. era fila de combate de uno y otro ejército los ocho peoncillos, representaban la infantería ligegera, de táctica por la cual, como en escaramuzas y guerrillas, é hiriendo de m u e r t e á derecha ó izquierda á los enemigos próximos, dispondrían u n continuo y seguro avance, y abriendo paso al grueso del ejército, pretenderían lograr la redención de los prisioneros más ilustres llegando al término del campamento enemigo. ¡ííazaña de gloria!