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El imbécil se aturde con- los grazuidos, á las aves feroces ve sin recelo, y, cuando hasta los huesos tiene ya roídos, le desprecian los grajos y alzan el vuelo. Ella, viendo su ruina, le amonestaba con expresiones dulces y cariñosas; y él, con acento grave, le replicaba: -Las mujeres no sirven para estas cosas. De aquellos venturosos y alegres días no quedaron siquiera livianas sombras; que, en las casas quebradas, las alegrías se van con los tapices y las alfombras. Donde antes la ventura, brotó el hastío, matando las soñadas felicidades; que de las privaciones el viento frío en el hogar levanta las tempestades. Al fin se halló arruinado, presa del agio, y antes que en ver sus yerros y arrepentirse, pensó en salvar su orgullo de aquel naufragio gastando el dote de A na por resarcirse. De los pocos amigos que le quedaron, á verle en la miseria se acercó alguno. A escudriñar sus penas se aproximaron, pero á darle dinero no fué ninguno. Algunos consolaban á Ana Mar a diciendo que era, en cambio, muy bueno Antonio, y ella, con ñero enojo, les respondía: ¡Ojalá faera malo como un demonio! Que entonces ya me hubiera yo precavido, y hoy día no estaríamos desamparados. -Pero, mujer, ¿reniegas de un buen marido? -Los tontos son aún peores que los malvados. RAFAEL TOREÓME DIBUJOS DE A L V A R E Z SALA