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III Poco á poco fueron regresando al castillo los emisarios con muchas, pero muy menudas partículas de madera. Infinidad de devotos se presentaban á toda hora para vender sus reliquias, no por amor al lucro, smo sabedores del santo propósito que animaba al feudal señor; é, te regresó también con muchas acémilas de aquellas, que partieron cargadas de oro y venían gimiendo bajo el poso de astillas y tarugos Artífices, carpinteros y h sta cal. f. tes entraron á sueldo en el c- stilJo pnra dar comienyo á la reconstrucción, labor más propia de artistas chinos que de ebanistas europeos. Ocioso es decir que entretanto el oro do las bodegas había menguada visiblemente y seguía menguando mas y más por) a lista de los jornales y las compras que. á fo a hora se hacían de reliquias que Íleo- aban sin cesar al castillo. Fu ra casualidad ó capricho de la su rte, es el caso que el dinero del señor y la oferta de reliquias terminaron al mismo tiempo; aguardóse un año más por si en eso intervalo llegaba alguna astilla rezagada, y pasado que fue este último plazo empozó el armado definitiv sin que Eobf rto interviniera en los trabajos, porque una de sus promesas fue la de no ver la cruz hasta quedar del todo, terminada. Pidieron los carpinteros herramientas, y se les dio herramientas; solicitaron ayuda, y entraron más obreros á ayudarles; desearon salir del castillo para trabajar con más anchura, y so les sen dó un amplio parque cerrado por extensa y altísima empalizada. IV- ¡Ya está, señor! dijo un día el mayordomo entrando en las habitaciones de Ro erto. Bajó éste k s escalones de tres en tres, cruzó el puente, penbtró en el parque, y quedó clavado en (d suelo y mudo de asombro. t. í- Sr- i. JteUK. T. a cru de San Dimas, que yacía tendida en tierra, tenia muy Lien sus tres kilómetros de larga y kilómetro y medio de brazo á brazo. DIBUJOS DK PAMPLONA, y ALVAREZ S i L l Luis ROYO VTLIANOVA