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Roberto el burgrave, señor de horca y cuchillo, era el vivo trasunto de todos los despotismos y de todas las fierezas feudales. Temb ábinle los vasallos, hacíanle la cruz los señores de las cercanías, y evitaban pasar por sus dominios ¡03 caminantes y los buhoneros porque sabían que pocas veces se contentaba Roberto con cobrarles el grueso peaje qua á todo trjnseunte exigía, sino qne en, mil ocasiones saqueaba br italmento y maltrataba sin piedad al mortil infeliz que por allí pasaba. Tenía Roberto fama universal de cruel, de sanguinario y de avaro, de avaro sobre todo. Contaban y no acababan de las fabulosas riquezas metidas en los sótanos del castillo por la insiciable colicia del señor, y fruto de sus mil latrocinios y despojos á mano armada. Y, sin embargo, la horrible fortaleza, e evada como un buitre sobre ¡a roca, parecía cada vez más hambrienta, á pesar de tener la barriga henchida de oro; sus apretadas almenas, elevadas en saledizo sobre los matacanes, simulaban el repulsivo pronatismo de una gran mandíbula erizada de incisivos y de molares. Roberto acuñaba moneda y alteraba á cada momento su valor, imponía fuertísimas gabelas á los caminantes, despojaba á las iglesias de sus vasos sagrados, á los caballeros de sus joyeles y á las doncellas de sus arracadas, cuando no era tumbién de sus orí- jas.