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A MISA Si jóvenes y bellas y acompañadas son las devotas q u e acuden los dias de misa por la calle de Sevilla y por el callejón de Peligros á la iglesia de las Calatravas, jóvenes y bellas y festejadas son también las que transponen el u m b r a l de los hoteles de Eeeoletos para acercarse al templo de las Pascualas. San Pascual lleva, sin embargo, la ventaja de que es u n convento con ráonjas vivas, mientras que las Calatravas no existen. La iglesia de Calatravas ti ne corro los domingos, de once á doce; pero no tiene parque, n i alaineda, ni salón. E n este punto la iglesia moderna de llecoletos es m u y superior á la aristocrática, pero antigua, de la calle de Alcalá. Por lo que hace al aspecto Bxterior de uno y otro templo, j la perspectiva es la misma. J ó venes y viejos de la liigh Ufe acuden á la misa de Ca- latravas. Jóvenes y viejos del m u n íto refinado van ¿verla á San Pascual. ¡A misa! La mujer elegante no va nun oa á misa antes de las once, porque las buenas católicas del paganismo artístico, que visten la devoción con trajes excéntricos y velan de noche en éxtasis m u n d a n o ante el altar de su culto, nece- itan despertar tarde y desayunarse fuerte, y armarse de todas armas y hacer resolución firme de salir on complicado negligé. VJPÍ E n la calle, oorápuestas y tentadoras, procuran velar el rostro dejando libre la aspille í ra de los ojos y expedita la fal. da estrecha para las cadencias y ritornelos de u n andar que, por ser español y madrileño, tiene encantos misteriosos. El mayor sacrificio que podía imponerse á u n a madrile 1 miidíi ó plebeya seiia el obligarla á andar á eom 1. 11 ondulaciones n i oleadas de tela, ni nada de i i l I rbo de la tierra, contenido ó estrepitoso, que lie 1 extranjeros y la dicha. de los españoles. 4 Andando asi, haciendo pinitos, con el devocionari en la mano y el rosario en brazalete, nuestras bellas devotas m i r a n y ven en redondo, oyen nacer la hierba y maniobran con tal arte y perfección, que se enteran al ir ámisa de todo: de lo suyo y de lo ajeno, de lo que las importa personalmente y de lo que excita su curiosidad. Y asi se realizan, sobre todo en estos dias de fiesta llenos de sol y de ale tía, el ideal de sus escrúpulos. Y lo hacen con aire tan compungido y honesto, que cuando llegan á la iglesia y acercan los dedos á la pila del a g u a bendita y se s a n t i g u a n bajando los ojos, ellas mismas creen q u e no S a n pecado en el camino, y q u e si pecaron por achaque inocente de coquetería, el agua las ha redimido y la contrición las absuelve. No puede imaí inarse reperacío más franca y recogida que la de las católicas madrileñas cuando van á misa á Calatravas, á San Pascual, á Palacio, ó (algunas por excepción) á la Virgen de la Paloma. Sólo h a y que notar, por lo que respecta al escenario, que á u n a s iglesias v a n las señoritas casaderas del beau monde y las damas huppées de los salones á la moda, y á otras la chula clásica, la hija legitima de la manóla, la obrera que trabaj a seis dias á la semana para sacar á relucir los domingos todas sus galas y perendengues y asistir á la misa de la Palom a ó San Millán cubiertas cabeza y pecho con flores de la estación. ¡A misa! Salir de casa á pie (porque las que van á misa en coche constituyen u n a excepción falta de poesía é interés) sin polvos adherenteí ni otros emplastos; arrebozarse en u n a mantilla de blonda, i m á n de hechizos, ó vestirse la falda de paño ó de seda, ondulante, sencilla y de airoso corte; avivar la cadencia rítmica de u n cuerpo sedcctor que pocas horas antes estaba dormido y ahora revive á proporción que siente las mordeduras dulces de las miradas que se clavan como