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Nadie sabe como el viejo verde en qué almacenes se venden las mejores medias. Las niñas 1 contradicen iatencionadamente; él se pica y trae muestras, cun ias quo so quedan en propiedad las Terp síeores menos escrupulosas. Y es olarOj corre la voz, y por fas ó por nefaí, casi todas las bailarinas tienen medias elegantísimas. Los maquinistas lo miran como á u n trasto más, y para cobrarse de las molestias que con su presencia les proporciona, suelen gastarle bromas pesadas. -Oiga usted, me decía u n a vez u n viejo verde; vivo de milagro Me han dejado caer desde el telar un saco de serrín H a caido á un palmo del sitio en que yo me hallaba. Llamé al maquinista. ¿Qué ha pido? le pregunté. -Lo que es natural, contestó el maquinista guiñándome u n ojo; estaba el señor en el lado de arrojes- ¡Ya! tuve j o que decir. Si estaba usted en arrojes H a s t a hace pocos años el telón de boca subía con el eso que hacían tres ó cuatro hombr sque, agarrados á u n a cuerda, se arrojaban desde el telar por el lado derecho del público, al cual por eso llamamos de arrojes. Y al iz ¿uierdo se ie conoce por topes, por sor todo lo contrario al de eufreute. Los trance- es llaman á aquel costado coiir, y al otro jardín. Otra noche se me quejó- el v ejo de haber reoib. do u n grau empujón y dos ó tres cabezadas. Volví á llamar al maquinista, y volvió á sincerarse diciendo: -Como este caballero estaba en topes Y tuve también que convenir en que la culpa era del viejo verde. El pobre señor es Ja irrisión de todo, el m u n d o A mí no me ha inspirado más que lástima. í s triste ver insultada y escarnecida una cosa tan respetable como la vejez; bien es verdad que si el viejo, á fuerza de extravagancias, violentos y penosos esfuerzos de agilidad, y sobretodo de menjaijes y cosméticos, trata de ocultar la respetabilidad de sus canas y sus arrugas, no tiene derecho al respeto de sus semejantes. Y el viejo, verde se pinta y adoba más, mucho más que las artistas morenas. Et viejo á que aludo gastiba para el bigote u n a especie de grasa negra que le tiznaba los pañuelos de que se servia. l staba yo convidado á almorzar u n día en casa de u n a primera bailarina italiana, graciosísima y honrada mujer que chapiiriaba bastante mal el español. F u i á la casa quince minutos antes de la hora señalaba, y me llamó la atjiioión la labor que estaba haciendo la espiritaal bailarina. ¿Qué hace usted? -Í 7 servilleta de hule blanco. Viene á almorzar D. Julio, y me pone perdidas las de lulo. Me eché á reír. D. J u l i o era el viejo verde. Empezamos á almoizar alegremente; iba á ti r m i n a r la temporada, y entre otras cosas diio D. J u l i o -Es particular. La clausura del Eeal coincide siempre con la aparición de las lilas. -Al oüutrario, replicó la bailarina. Cuando se abre el Eeal es cuando los lilas empiezan. Como conocía poco el español no hacía baenas concordancias, pero daba en el clave. R A F A E L MAIIÍA LIERN DIÁLOGOS DE ACTUALIDAD, -OB MECACHIS Sabes que algunos nos van ú tomar por yaukí es? ¿Por qué -Porque nos sobra pelo y nos falla aprensión. En la Cuaresma DO puedo C H o? t de los ayunos ¿Con qué dirá Ubted nue estoj desde anoche? -ACOD ua ciiocolate? -No, con un dolor de estómago que no veo.