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TIPOS DE LA OPERA EL V I E J O VERDE o le pregunte usted la edad que tiene, porque le obligará á mentir. Hace muchos años que se plantó en cuarenta, la verdadera edad del hombre, como él dice. Tipos como el que voy 4 describir se encuentran en todos los teatros, pero en ninguno de ellos tiene tanto saliente como en el de ópera. Tío se han visto iguales más que en el escenario de Eivas, cuando D. Simón explotaba los grandes bailes. Como el encuentro de u n zángano én el monte indica la proximidad de las etilmenas, la aparición del viejo verde en u n espenario denuncia que en él reina Terpsicore. J- as bailarinas son las flores de aquel jardiü, y el viejo verde la abpja. JS o va al teatro con depravados fines n i en demanda de amores concretos; va para que el crea en su poder conquistador, para convencerle de que no se halla en edad madura y que suspiran por él todas las hermosas. El que quiera darle con éxito un sablazo, no tiene más que decirle: Amigo, es usted el i- ey de a TedondilJa. í Diré á ustedes lo q e es la redoiuUlla. Es u n a rotonda á la que afluyen las bailarinas para eonsaliar con un gran espejo si se han vestido bien y están guapas. Alrededor de la tapia circular y á una altura como de u n metro, hay una vara dorada, á la que fe cogen las bailarinas pava hacer escuela, hablando de paso con sus amigos y admiradores, entre los Cuales descuella el viejo verde. Cuando el segando apuute dice: Niñas, á escena salen volando graei i- amente las bailarinas como bandada de palomas, diciendo Hasta luego á sus favorecedores, que poco á poco van desfilando har- ia sus butacas respectivas. Se han marchado tod s? No, por. U 6 al bajar al escenario veo entre bastidores á un caballero irreprochablemente vestido de etiqueta y cargado con tres ó cuatro toquillas de íiuo estambre, pertenecientes á las bailarinas que están haciendo piruetas ante el público. Es el vi jo verde. Cuando las bailarinas ¿ace rt ¿M- les devuelve los abrigos y espera en la redondilla que las sílñdes se desnuden para decirles: Hasta mañana Y entonces, sólo entonces entra en la sala del teatro nuestro hombre; porque repito que no va al escenario con más fin que el de conquistar el renombre de seductor. Como el viejo verde tiene fortuna, consagra su existencia á vestirse y á proteger al baile. P a r a él la ópera es lo de menos, u n accidente episódico; lo principal es la danza. A las diez de la mañana, con u n traje niatinée elegantísimo y cargado de bombones de casa Piast, Marthino ó Guinea, ya lo tiene usted en el escenario, luciendo en la solapa izquierda del cJiaquet- fi la americana una hermosísima gardenia, que no puede recalar porque se la ha enviado una dama que lo persigue. El no le liace caso, añade, pero la educación pide que conserve la flor en el ojal. Sin embargo, las niñas pueden proveerse de las flores que gusten. U n a florera muy viva que conoce el flaco del viejo, se deja caer por el escenario á las horas de ensayo como por casualida l. Y n a t u r a l m e n t e se vuelve á casa con el cesto vacio, porque el viejo ha acaparado todas las flores, comprándolas á buen preoij.