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blanco, coronada de flores! ¡Muerta! ¡Muerta! ¡A. h, no, no! ¡Mentira, no puede ser! ¡Si me esperaba! ¡Teresa, Teresa! ¡Oye, óyeme, contesta! ¡Soy yo, t u Blas, t u Blas querido, que vuelve á buscarte, que no ha dejado de pensar en ti n i u n momento, que te adora! ¡No, no, apartaos! ¡Es mía! ¿Lo oís? ¡Es mía! ¡Dejadme con ella! ¡Ah! ¡Su padre! ¿Su padre? ¿Está ahí? ¡Infame, verdugo! ¡Él la ha matado con su avaricia! ¡Ya le veo! ¡No, no, no temáis que le asesine! ¡No voy á hacerle nada! ¡A comprarle su hija! ¡La tasó en seis mil duros: aquí están! ¡Tómalos, usurero, tómalos! ¡No te escondas! ¿Qnerias oro, mucho oro en el que se casara con ella? ¡Ahí lo tienes! ¡A puñados! ¡Ahora vete, idos todos! ¡Ya me pertenece! ¡Teresa, Teresa! ¡Aquí estoy, arrodillado á t u s pies! ¿De modo que usted es el compañero de emigración de quien nos hablaba en sus cartas? -El mismo. -Pues ahí está encerrado en el hospital, loco furioso. ¡También fué desgracia encontrarse el entierro de su novia! E n la cama se halla todavía el tío usurero de su padre. No había quien sujetara á Blas. ¡Si viera usted cómo apedreó al avaro con monedas de cinco duros! ¡Así le puso de descalabraduras! Medio le saltó u n ojo con u n centén. Traía un cinto de cuero llenito de ellos. ¡Do poco le han servido al infeliz! ALFONSO P É R E Z N I E V A niRn. Tos riK AIJBURTT TROP DE ZELE POR CILLA -JU. -Gv