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de esta oorredoira desesperado, loeo, sin otro equipaje que mi cajada de camino, de ¡jándome atrás cuanto constituía mi dicha en el mundo: m i casa, m i novia, mi vaquiña, m i aldea. Mis padres habían muerto, el fisco nos había quitado nuestro prado y nue la necesidad me había hecho vender la res. Ya no podía m a n o de la hija de ese usurero: era pobre, era u n hambrii serable. H o y Dios me ha ayudado: hoy vuelvo rico, c tuna; ¡hoy tengo el oro en que ese ludio ha tasado á la debe la vida! Se me doblan las piernas. Desde aquí distingo y a la (la iglesia. Me sentaré en los escalones de la cruz termj tantas veces la he esperado en días felices. jQué arom campos donde se ha nacido! ¡Qué delicia volver á llenarsi este olor á heno! Dentro do una hora llamaré á su puerta se hallará de que es la felicidad, que viene á buscarla! H a y que seguir. La tarde se va, y aún falta bastante j la aldea. iPero antes quédese u n beso en esta cruz última lágrima de dolor y en la que vierto la primera de ¡Dios mío! ¡Ese toque! Las campanas de la iglesia están doblando. Alguien ha m u e r t o ¡Qué frío t a n horrible me ha entrado por el pecho! ¡Bah! ¡Parezco u n a criatura! ué cobardía t a n inconcebible! ¡Como si no pudiera sucumbir cualquiera otra persona! Estoy temblando. Por más que hago, no se m e va de la m e n í e ese pensamiento negro que la nubla. ¡Corramos, corramos! ¡Yo necesito desvanecer el presentimiento que m e ahoga! Allí viene el entierro. se trata de u n a mujer! u n a soltera! Traen el cadáver entre cuatro jovencitas. El ataúd es blanco; lo llevan descubierto. ¡Dios mió! ¡Mis zozobras! ¡Ya están aquí! ¡Dejadme, apartad! ¡Es ella, es ella! ¡Vestida de