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NOVELAS RELÁMPAGOS PEDREA DE ORO I- ¿Qaé dice el contramaestre, Chindo? -Que no desembarcamos por la muerte de fiebre amarilla que tuvimos á bordo. N os sujetan á ocho días de cuarentena. ¡Una semana más! ¿No llevas esperando la vuelta cuatro afios? -Por eso mismo he agotado ya mi paciencia. o cabe en la copa una gota má: II- ¿Me das t u palabra? -Te la doy. -JuDtos emigramos, j u n t o s hemos vivido en Buenos Aires, j u n t o s hemos hecho nuestros negocios, y faltaría algo á mi felicidad si no te viera á mi lado en el dia de mi boda. -Pierde cuidado, que asistiré. E n cuanto dé un abrazo á mi madre, tomo la diligencia y me tienes en tu casa. Si 1. t íC -Paes habrás de resignarte. A mi también me recomen las ganas de verme en m i aldea. ¿Lo creerás? Ahora que regreso con unos cuartitos me sienta cobarde. No le he temido á las pampas, y me da miedo mi valle n a t i l ¡Y e i que me ha costado tanto llegar á la dicha, que tomo se me escape al ir á cogerlal- ¡Pero, hombre, que siempre has de estar agorando calamidades! Con un carácter lan sombrío, debiste de nacer buho. ¡Hace más de u n año que no me escribe! -Se habrá perdido la carta ó te habrá olvidado. ¡No blasfemes! ¿Olvidarme? ¡Me adora, si, me adora! ¡Si t ú la conocieras, comprenderías que no son ilusiones de la ausencia! Ya has leído sus cartas. Cítame alguna que no aparezca dictada por u n corazón de oro. ¡Es bueEÍsima, incapaz de la traición que tú la supoi. es! -Perdona, hombre, perdona. Yo hablé en general, porque cuando uno vuelve la espalda, es lo que suele suceder. no fuera por eso, me iba de hecho contigo. ¡Pobre anciana! Habrá estado soñando con t u vuelta. No exijo de ti que la robes su legitinoa vent u r a ¡Y poco que se va á solear su viejo corazón cuando t e vea! ¡Calcúlate! -Dala u n abrazo do mi parte: de u n hermano t u y o de la adversidad. -Si que se lo daré. Y que lo agradecerá mucho. ¿Te han traído de á bordo el equipaje? -Ya está facturado. Ea, llegó la hora. Me voy á la estación. Conque dentro de diez días... -Me tendrás contigo otra vez. III ¡Cuatro años que no pisaba esta calleja; cuatro años que no veía el castaño de ocho siglos de edad de m i aldea! ¡Cómo me aporrea el corazón! Hace cuatro años salía yo