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LOS NOVIOS EN MI PUEBLO Eeco, el mozo del lugar, se alista y recompone p a r a ir al pueblo inmediato á ver su novia, con la cual h a b l a dos veces por semana. Esta vez cae el acto en la tarde del domingo, y como yo ando siempre á caza de algo que c o n t a r á mis lectores, voy á lanzarme, si el mozo no lo impide, en persecución de su persona, á ver en q uó faenas dist r i b u y e el rato agradable de su dicha. Mas v a y a m o s con cuidado, porque no se separa á tres tirones de su persona u n nudoso y descomunal garrote, y no estará bien que por meternos en camisa de once v a r a s el mozo nos diera con la porra en las narices, que por mi parte aseguro anticipadamente la poquísima gracia que me haría. Pero no por el temor al palo hemos de dejar de ver á nuestro sabor al mozo, que para algo se ha inventado la astucia, y por algo es amable la madre de ü e c o que con sólo haber oído nuestro Ave María á la p u e r t a do su casa, y a nos ha dejado e n t r a r y nos p r e g u n t a por las causas de nuestra ausencia, sin pensar la pobre que mientras ella se ouida. de n u e s t r a evidente i n g r a t i t u d al no ir á visitarla, estamos viendo por u n espejo, en el cual se refleja la figura completa del mozo metido en su c u a r t o todas las operaciones que hace p a r a ponerse guapo y lindo, según y como requiere la acaramelada visita que le preocupa, porque no ha de decir la novia que Hoco es u n mozo asi como se quiera, sino antes bien todo u n apuesto lucero, sabio en el a r t e de liarse la faja á la cintura, y maestro y proíesor en eso de e n s a r t a r corazones con l a flecha rapidísima de sus ojos. Ved, si no, por el cristal azogado del espejo cómo suda y se es- tuerza por abrocharse los seis botones que, pegando unos con otros, h a n de ajusfar, hasta. ponerlo rojo de asfixia, el labrado cuello del camisón; cómo u n a vez ceñido el vistoso p a n t a l ó n á r a y a s de coste de tres duros, saca del fondo del arca el atelpado chaleco con olor á m a n z a n a y á alhucema, salpicado de ramillos azules que se destacan sobre fondo rojo, y mete luego los brazos por las troneras, t r a t a n d o como de coger con las m a n o s algo que volara á su espalda; cómo se pone seguidamente la chaqueta, ribetee da de trencillas, que le promete ahogarlo de sudor; y cómo, por último, peina, soba y arregla sus negras y abundantes patillas, que parecen como lo único llamado en su cara á sacarse á vistas y ponerse en condiciones de ser admirado, t r a t a n d o de a d e l a n t a r el mozo al efecto las quijadas, a u n q u e con esto logre a c e n t u a r la expresión cerrada y b r u t a de su fisonomía. P e r o el magín de Eeco no hila t a n delgado que se pare en t a n sutiles perfiles cómicos, y lo principal p a r a él, a p a r t e de su novia, son sus negras patillas, que bastantes u n t o s de hierbas que le fueron recomendados costaron al mozo espigarlas y sacarlas á flote, bien como siembra de verde y primorosa almáciga. Ello es que arreglados todos los pelos de la cara, y dado eíperdone usted por Dios á i js do la cabeza, entre los cuales sería más difícil poner al descubierto la r a y a que abrir u n a car r e t e r a en terreno montuoso, coge de u n rincón la chivata que ha de servirle de bastón, en cuya p u n t a luce u n a por r a no menos grande que la cabeza de u n chiquillo, a g a r r a después la bolsa de la yesca, donde van unidos eslabón y pedernal, y sale en completo traje de domingo á la cocina, dispuesto á hacer á pie el corto trecho que media desde el pueblo al l u g a r inmediato, donde acaso impaciente le aguarda y a su bella Dulcinea oliendo á r o p a limpia y á aroma de claveles, los cuales ella sabe clavar en las trenzas de su rodete con todo el charro artificio de que es dueña. -jjasta la vuelta, madre! dice jReeo, poniendo el pie en el escalón de la calle. Y echando fuera primero la chivata y luego el pie derecho, y metiéndose la mano izquierda en el bolsillo de la chaqueta, queda puesta su persona á los cuatro vientos para enamoramiento de mozuelas y envidia y cabildeo de los demás mozos. Allá v a el g e n t i l e n a m o r a d o pisa que pisa y cavila que cavila, dando r u m b o s y donaires á l a persona, sacando el pecho p a r a lucir todos los primores que allí supo dejar su novia, y echando miraditas á u n lado y otro p a r a ver si algunos ojos ocultos espían su figura desde los balcones. E n t r e u n a s y otras, Keco sale por la puerta del Calvario, y allí, libre y a de gente que pueda salirle al paso, echa u n a espaciosa m i r a d a desde la p u n t a de su zapato h a s t a donde los ojos le p e r m i t e n yendo cuerpo arriba, y deja asomar u n a sonrisa de triunfo que denota la impresión que cree causará su acicalada presencia á su linda y apasionada novia. Como los zapatos vienen á ser caso incidental en los pies del mozo, y como ejercicio quiere aquello que ha de ser bien manejado, Eeco va haciendo equilibrios p a r a sostenerse, con más molestias que si le sujetaran fuertes y pesados grillos. P e r o n o es esto lo peor, sino que considerando el mozo que nadie le acecha en el camino, y que, como dijo el otro, ojos que n o ven, corazones no quiebran hasta va pensando en este i n s t a n t e si quitarse ó n o los zapatos y metérselos debajo del brazo m i e n t r a s se acerca á la población; porque, es lo que él recapacita: Un deo que ze r o m p a de u n trompezón, mal que bien, pué curarse; pero pa u n buquete que se a b r a en u n zapato, no h a y melecina n i ingtiente en la botica. i j j Á j Í H t T j