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EL ESCAPULARIO (CUENTO DE LA GUEllKA) Cuando llegó el momento de subir al vagón, el empiije fué tan brusco y tan rápido, q u e Miguel no pudo decir cjadiót! á. su madre. Y n i a u n volvió á distinguirla entre el negruzco mar de cabezas que hervía en los andenes. Tres ó cuairo oleadas irresistibles arrebataron á la pobre vieja, separándola del sitio en que se encontraba m i n u t o s antes. Miguel la buscó en vano por todas partes, echando el cuerpo fuera de la ventanilla. Poco después, entre u n clamoreo frenético de gritos, vivas, sollozos y canciones, arrancaba el larguísimo convoy, compuesto de veintisiete coches, y el h u m o espeso de dos locomotoras, impulsado á tierra por u n fuerte viento del anochecer, acabó de ocultar el cuadro, borrando todo reflejo, todo perfil y toda silueta, para no d a r más que la cma- í. nrpAvon. HA nna. rvat, oscilante y ruidosa. ¡Adiós, madre mia! gritó Miguel con fuerzas, despidiéndose de su viejecita al az. cabeza vuelta probablemente al lado más o que aquella ocupase, pero seguro de que le guro de que reconocería su voz, por estridí fueran los infinitos rumores que sonaban ej nal algarabía de aquel instante. Y el tren que conducía al regimiento pasi to en aclamaciones, las agujas, y desaparee paso en la obscuridad de la vía. Miguel, que es tan buen hijo como valiente militar, ha llegado á Cuba, -y su primera ocupación en las pocas horas transcurridas desde que bajó del tren hasta que lo llevaron al barco, ha sido escribir á su madre. iQuerida abuelita, la dice, no pase usted penas por mi, que con la bendición que me dio en casa y con el escapulario que me colgó al pecho, seré invulnerable para esos perros herejes y no me pasará nada malo; por lo menos no nae matarán, esté usted segura. Cuando nos metieron en el vagón, ya no la pude ver más. ¿Oyó usted cómo nos vitoreaban? Pues eso es presagio de triunfos. Mañana estaré en operaciones. ¡Hasta la vuelta, madre! A Antonia dígale que no la olvidaré nunca, por mucho q u e esto dure. La Virgen, usted y ella serán mis pensamientos únicos. Adiós. Antonia, m u y linda joven, prima y novia de Miguel, vive en Madrid con la madre de éste, haciendo ahora las veces de hija y cuidando de la modestísima casa. Desde que se marchó el soldado se separan cinco céntimos diarios, rebajándolos de pan, para comprar todas las mañanas el periódico que traiga más noticias de la campaña. ¡Y con qué ansiedad, con qué interés se leen y se comentan en aquella casa los telegramas y las cartas de la plaza! -Abuela, ya está el regimiento de Miguel en Las Villas Madre- mire usted: el sábado entraría Miguel en fuego, porque su regimiento salió á proteger u n convoy; aqni lo